Dir: Srđan Spasojević
Circuito festivalero; portentoso rescatista de cintas en el olvido u llevadas al olvido por sus propios realizadores; desairadas, abandonadas, aplastadas por el mercado hollywoodense. Circuito propenso al fácil enamoramiento de sus programadores: cine contemplativo, experimental y exóticas piezas del subdesarrollo inundan festivales alrededor del mundo. Pero, ¿qué sucede con el tipo de cintas que no tienen cabida en ninguno de los dos campos?
En este difícil e incómodo lugar cae Una película serbia, que tiene suficientes elementos comercializables. Sin embargo, la horripilante provocación aquí cometida impide cualquier estreno comercial. Uno es beneficiario de la polémica siempre y cuando no se pase de la raya. Y Una película serbia definitivamente se pasa... y grandilocuentemente.
Para fortuna de sus realizadores, desde hace unos años han surgido algunos pequeños festivales dedicados al cine de horror, festivales nacientes que arropan películas de horror independientes que de ninguna manera se exhibirían en salas comerciales por temor de los distribuidores a perder dinero, o a una que otra demanda de alguna asociación civil en favor de las buenas costumbres. Se infiere que el público asistente a estos festivales busca, expectante y con impaciencia, las salpicaduras de sangre que habrán de cubrir la pantalla entera lo antes posible. Si en el porno el sexo aparece sin la más mínima justificación, la sangre es para el gore lo que el sexo para el porno. Orgiásticos festivales de sangre. Orgiásticos festivales de género.
Desde hace unos años, el Festival Fantasía tiene un lugar privilegiado en este género de festivales. Fue ahí precisamente donde Una película serbia, para el deleite u horror de sus asistentes, fue estrenada. La película también se estrenó en México, sólo que para horror de sus realizadores, el estreno se produjo en las calles.
Una película serbia es el debut de Srđan Spasojević, carnicero-transgresor convertido en director. En ella, Milos (Srđan Todorović) —estrella porno retirada—, intenta llevar una vida normal en el retiro. La lleva, o al menos parece llevarla, hasta la aparición de Vukmir (Sergej Trifunović), el arquetípico artista demente y en este caso ridículo hasta el punto de lo inverosímil. Vukmir le ofrece a Milos un último trabajo, pero no puede decir de qué se trata. Antagonista sirviente como catalizador a una serie de extraños sucesos que desatan las imágenes más vulgares y desagradables que se hayan visto en cualquier película en mucho tiempo. Profanidades gratuitas. Lo políticamente incorrecto se vuelve habitual. Desmembramientos de niños, escenas pedófilas nada sugerentes y sangre, mucha sangre. ¿La excusa? Una fingida y falsa crítica hacia el estado actual de la sociedad serbia. La supuesta crítica es más bien parte importante mercadotécnica del film. Esta excusa sadista del director es suficiente para su proclamación como autor de culto. Cine de serie B de varios milloncitos made in Serbia. Débil metáfora y escena final pobre. Debut ínfimo y desastroso. Provocar por provocar. La provocación por la provocación.
