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En la escena inicial de La
dictadura perfecta, el presidente —interpretado parsimoniosamente por Sergio Mayer— recibe la visita del embajador de Estados
Unidos en el Palacio Nacional. Distintos medios cubren la nota. Lo que aparenta
ser una rutinaria visita de Estado deviene en cantinfleo: el encuentro se convierte en una penosa situación que
desnuda la incompetencia del ejecutivo, y en general, del político mexicano. En
el punto álgido del encuentro, el presidente dice en un inglés accidentado:
“los mexicanos están dispuestos a hacer los trabajos sucios que ni los negros
quieren hacer”. La frase no extraña ni sorprende, pertenece al anecdotario
nacional y es reconocible prácticamente por cualquier mexicano —o quien se jacte de serlo—. Esta escena, en resumen, parece dictar lo que acontocerá durante
las siguientes dos horas y veinte de película.
Estrada, fiel a la fórmula de sus anteriores películas, mama
de los puntos más incendiarios de la agenda nacional y trata —a veces con
éxito, otras veces sin mucho— de
incorporarlos ingeniosamente a la narrativa de su película. Los distintos gags que se desprenden del caso Paulette,
el arresto de Florence Cassez, la campaña presidencial de 2012, los videos de Bejarano
et al, constituyen el punto medular
del filme, acaso lo más memorable durante toda la duración de la película. El
problema fundamental de La dictadura
perfecta estriba en su escritura. El productor —interpretado desigualmente por Alfonso Herrera—es el conductor narrativo de la historia; sin embargo, difícilmente
podemos asitir algun cambio del personaje durante el relato. Herrera interpreta
a un empleado de una empresa televisiva sin escrúpulos que pretende ostentar el
poder del país; Damián Alcázar, al político que pretende expiar sus pecados en
televisión. Ambos son personajes
amorales y maniqueos emocionalmente.
Estrada olvida los matices. Todo lo que hacía contradictorios
y ricos a los personajes de sus películas anteriores (El Beny del Infierno; Juan Vargas de La Ley de Herodes) aquí ha sido pasado
por alto. Ese atisbo de ternura está asuente en La dictadura perfecta, y eso, termina por imposibilitar el pathos. Sólo el lider de la oposición —una especie de álter ego de Gerardo Fernández Noroña,
interpretado por Joaquin Cosío— es percibido
de manera empática por el director y su coguionista, aunque esto sea peligroso
por momentos, ya que en algún un punto se cae en el tratamiento hagiográfico. Entonces,
podemos decir que el filme le debe algo a la tradición melodrámatica de la
telenovela mexicana (curiosamente un punto del cual la película pretende
burlarse). Hay constantes referencias a las telenovelas, pero particularmente a
los noticieros nacionales.
Más que una sátira sobre el sesgo informativo de la
television mexicana, La dictadura
perfecta parece una diatriba naif en contra de ella. Se extraña la agudeza crítica
que la filmografía anterior de Estrada encerraba. Aquí el humor lépero y
ramplón está por encima de todo, y sólo sirve para intentar cubrir las lagunas
en el guión.
El cast está repleto de actores provenientes del medio
televisivo nacional, lo cual puede interpretarse como una especie de
provocación dentro de la campaña de Estrada contra el duopolio televisivo —uno podría pensar que el cast de ciertos actores
corresponde a una especie de vendetta
personal—.Y aunque la apuesta parezca
interesante, los registros son dispares. Lo mismo sucede con la música y su
guiño a La naranja mecánica (el
soundtrack utiliza por lo menos tres piezas del filme de Kubrick).
El título —proveniente
de una frase de Vargas Llosa referente al PRI—
prometía, por lo menos, otro punto de vista crítico que redondeara las
obsesiones que abundan en la obra de Estrada: el autoritarismo, la desigualdad
que acarrea el neoliberalismo y la bipolaridad de la clase política mexicana.
Aunque Estrada repite la fórmula y vuelve a incitar como en sus películas
anteriores —cobijandose en el shock value—esta vez las provocaciones resultan inofensivas. Tal vez, y dada la
naturaleza de los hechos que han acontecido en México durante los últimos días,
los mexicanos hemos perdido finalmente nuestra capacidad de asombro. O tal vez
lo que verdaderamente nos provoca horror se encuentre en otro lugar, en los
noticeros, o peor: en las calles.
Ariel Gutiérrez Flores.
