Biutiful
Dir: Alejandro González Iñarritu
El nombre de Alejandro González Iñarritu debería estar inscrito junto al de los grandes o más importantes directores mexicanos de la historia, ya sea por ser el más exitoso internacionalmente de nuestros realizadores, o por ser uno de los pocos capaces de jactarse de haber adquirido el respeto o la autoridad suficiente para realizar proyectos a gran escala en Hollywood, industria que suele ser bastante restrictiva cuando de apoyar proyectos “autorales” se trata. Todo esto a pesar de sólo haber dirigido una película en México, la multipremiada, multi-imitada (véase la racista y fallida Crash de Haggis) y multi-exitosa Amores Perros.
Reconocido hasta por el más obtuso de nuestros habitantes, sinónimo de orgullo y admiración (por lo menos para el promedio nacional), Iñárritu ha logrado conseguir el éxito gracias a un equipo constante de colaboradores que en buena parte lograron darle continuidad y un sello característico a su obra: los grandes angulares y la fotografía estilizada de Rodrigo Prieto, los patéticos acordes de Santoalalla, el atinado diseño de producción de Brigitte Broch y por último, los enroscados guiones de Guillermo Arriaga.
Con éste último se desataría una sonada discusión que marcaría la ruptura definitiva del partnership Iñárritu - Arriaga. Del conflicto se especuló si Iñárritu tendría el talento suficiente para continuar su carrera como cineasta sin su habitual colaborador y si, por su parte, Arriaga encontraría al director que pudiera adaptar sus guiones exitosamente. De la segunda especulación surgió un producto aberrante: El Búfalo de la noche de Jorge Hernández Aldana, desastrosa película que fracasó crítica y comercialmente. De la primera especulación nace Biutiful, el primer “hijito” de Iñárritu.
En Biutiful, Iñárritu funge como escritor (el guión fue co-escrito con Daniel Giacobone y Armando Bó) y creador de la historia. Es tal su preocupación por hacernos saber esto, que lo repite hasta el cansancio, casi de forma megalómana, dándose crédito en las actividades más inusitadas. Todo esto con la característica tipografía de Amores Perros (letras rojas y blancas) ¿Intento mercantilista para conseguir una asociación tipografía-Iñarritu? Quizás se trate de un intento por alcanzar una imagen en donde se produzca una reivindicación de talento o se le separe —de una vez por todas— de la omnipresente figura de Arriaga.
La Barcelona del Negro
Uxbal (Javier Bardem) es diagnosticado con cáncer, su pronóstico es, en el mejor de los casos, sombrío. El desalmado doctor le da un mes de vida, tal vez un poco más. A partir de este momento, Uxbal descenderá por una decadente encrucijada existencialista: el miedo a la desaparición de su identidad, el miedo a la muerte en sí misma. Iñárritu retoma este elemental tópico bien conocido por la historia del cine, germen de una magistral trilogía tanatológica: Ikiru (Kurosawa, 1952), Fresas Salvajes (Bergman, 1958) y La eternidad y un día (Angelopoulos, 1998). Distintas entre sí, las tres películas comparten ciertos aspectos: la nostalgia por una juventud/vida perdida, el miedo a la proximidad de la muerte y un profundo cuestionamiento sobre el significado de la vida.
Iñárritu entiende esta tradición. Biutiful comparte un parecido temático con la trilogía. Sin embargo, se diferencia en un punto importante. Iñárritu, a diferencia de los otros autores, le da un particular interés al contexto en donde se desarrolla la historia: la Barcelona outsider. La desigual Barcelona de los inmigrantes africanos que venden fayuca en las plazas, la sórdida Barcelona de tugurios y cuchitriles , la mísera Barcelona de los inmigrantes chinos que trabajan en condiciones inhumanas, la verídica Barcelona de policías corruptos (sí, también pasa en España). Visión bastante desmitificada de la ciudad, contraria a la idealización y visión turística de El Albergue Español (Klapisch 2002) y Vicky Cristina Barcelona (Allen 2008). Curiosamente los tres directores son foráneos: francés, americano y mexicano. La visión del mexicano es, en cambio, más próxima al Londres de Frears en Dirty pretty things (2002). A excepción de un plano en donde se muestra la Sagrada Familia, se prescinde de los símbolos representativos de la ciudad. El viaje de Uxbal es por escondrijos en donde actúa como intermediario entre la policía catalana y los migrantes africanos, como médium en pequeñas iglesias y casas, aprovechando sus dotes sobrenaturales que le proporcionan una pequeña paga. Elemento mágico, que de facto nos revela la nacionalidad del director.
Además de la concepción mágica de la muerte que tiene el mexicano, Bitiful está repleta de pequeñas referencias a la cultura mexicana. Existen además, al igual que en Amores Perros, intervenciones musicales de grupos mexicanos, tales como Cómo te extraño de Café Tacuba (en un elegante y sobresaliente plano-secuencia), cervezas mexicanas, personajes que migraron a México y otro montonal de símbolos ocultos. Otras secuencias desnudan las obsesiones propias del cine de Iñárritu: la corrupción y bestialidad de la policía (tan presente en Amores Perros y Babel) y su extraña fascinación por el antro lúdico, festivo y decadente, filmado siempre con una formalidad estética destacable (recordemos el antro japonés de Babel), preferentemente en plano-secuencia como en su cortometraje Anna para la serie Chacun son cinéma (2007).
Por contar con este gran dominio de la técnica (gracias a su formación comercialera) y contar en su grupo de colaboradores con uno de los fotógrafos más talentosos del mundo (posible nominación al Oscar de Prieto) uno espera que las películas del “Negro” posean una factura impecable. Es por eso que resulta chocante cómo Biutiful pude tener tantos aciertos —visualmente— y contar con una utilización musical deplorable. Me refiero a la música extra diegética. El sobrevaloradísimo y dos veces ganador del Oscar, Gustavo Santoalalla, vuelve a realizar un score anodino que no refuerza nada dramáticamente. Se repite otra vez, con los clásicos y simplones acordes de guitarra que castigan todas sus composiciones. En esta ocasión, estos acordes terminan por abstraer y desbarajustar algunas escenas. Este es uno de los dos únicos puntos negativos que le podemos imputar a Biutiful. El otro curiosamente, se desprende de una de sus mayores virtudes: los actores.
Bardem está convertido en un fuera de serie. Es tan imponente su presencia en pantalla que se necesita bastante tacto –especialmente en un papel como este-, para elegir con sabiduría al reparto que lo acompañará. Los niños que interpretan a los hijos de Uxbal —sólidamente dirigidos— destacan y, al lado de Bardem, consiguen algunas de las secuencias mejor logradas de la película. Sin embargo, Maricel Álvarez, quien interpreta a la mama de los niños y ex esposa de Uxbal, no alcanza la expresividad y fuerza de Bardem. No da la talla. Siempre que existe una confrontación entre los dos personajes se siente algún tipo de anormalidad, probablemente debido a un error de dirección o de cast. La novel Álvarez confunde al espectador, independientemente de que su personaje tenga algún tipo de conducta esquizoide. A fin de cuentas, la irregularidad de su interpretación sí termina por afectar una parte importante de la película.
Tal vez no haya recibido la recepción crítica que Iñárritu hubiera esperado en el pasado Festival de Cannes — cuentan las malas lenguas que andaba haciendo corajitos. Todo esto mientras los medios mexicanos se emperraban con desmesurados elogios (cierto lo de los diez minutos de ovación, pero en función de público, no de prensa). Pero a pesar de no entregar una obra maestra y ni siquiera una gran película como evidentemente pretendía, Iñárritu sí consigue demostrar su posición como importante y destacable auteur mundial, “mexicano venido a más”. Ya sea por la frenética y trepidante interpretación-guía de Javier Bardem, la ya mencionada fotografía o algunas escenas notables (Uxbal con los niños, en el antro, en el hospital, como médium, el plano-secuencia con los tacubos de fondo) todo esto , sin conmover y con un par de pequeñas inconsistencias en el guión (subtrama con la pareja china y la relación de Uxbal con el padre, que vienen sobrando) pero consiguendo una atmósfera melancólica que entretiene —digámoslo así— “trascendentalmente”. Y de paso, termina deprimiéndonos.
