lunes, 26 de diciembre de 2011

Senna.












Dir: Asif Kapadia

El estreno de Conan el bárbaro (2011) el pasado fin de semana parece indicar el fin del verano hollywoodense, y no podía ser sino  otra película de superhéroes la que lo concluyera.
Después del desastre del año pasado, los estudios encontraron su salvación con el 3D: aumentaron el precio, multiplicaron secuencias de acción hasta al hartazgo, revivieron franquicias olvidadas y trajeron otras. Con ellas vinieron toneladas de dinero, abaratando la narrativa de ser necesario. Ataque abierto a la inteligencia del público o no, los estudios, se olvidaron de él. Lo menospreciaron. Optaron por el abandono de personajes. En cambio,  arroparon la tecnología. ¿Qué mejor oportunidad para ganar dinero que otra película de acción? Y vinieron a montones: hasta un director shakesperiano intentó –utilizando como intermediario a un dios de la mitología nórdica— conseguir una adaptación digna. Fue en vano: ni el mismísimo Branagh pudo sacar algo de la era oscurantista que domina a Hollywood , ni qué decir de los directores que firmaron súper-fiascos como Linterna Verde o ejercicios panfletarios como Capitán América.

Entonces, lo que los súper villanos jamás pudieron alcanzar lo consiguieron los productores hollywoodenses en un par de veranos: devaluar la figura del superhéroe. Transformándola  en sinónimo de ambigüedad emocional. Acartonándola aún más. Por fortuna, todavía existen espacios intocables por la malaria del blockbuster: una cantidad mínima de salas por todo el mundo albergó al único superhéroe de valor que nos trajo el verano: un brasileño de nombre, Ayrton Senna. Éste no tenía la virtud del trueno ni cargaba consigo un mazo, tampoco manipulaba objetos a su preferencia, era de carne y hueso, pero sobretodo: real.

La comparación se antoja exagerada, pero basta escuchar a un brasileño expresarse del piloto. En Brasil, Senna tiene un estatus comparable con el de un profeta o un semidiós: ejemplifica a la perfección el prototipo del superhéroe moderno: virtuoso, física y moralmente superior al resto de los hombres. Ídolo. No es de sorprenderse que su muerte haya causado un verdadero escándalo en el país carioca y le haya merecido un funeral de Estado. Una figura como Ayrton Senna, una figura de tal envergadura, necesitaba una película que le honrara con algo más que dignidad, y el documental de Asif Kapadia (1972) lo consigue con bastante inteligencia. El largometraje no está nada alejado de algunas técnicas narrativas utilizadas en otras películas de superhéroes, ni siquiera de los bodrios ya mencionados, por lo menos en cuanto a planteamientos estructurales se refiere.

Durante los primeros veinte minutos atestiguamos la creación del mito. Senna realiza una proeza en el gran premio de Mónaco, lo que le vale el cambio a una escudería más poderosa y por consiguiente, con mejores armas. ¿No es esta una forma de otorgar súper poderes? ¿De convertir al humano en titán? El entonces Senna de la escudería Toleman se acerca poco a poco a la inmortalidad por medio de su enrolamiento con Lotus.


Kapadia nos plantea la película en forma de melodrama y rápidamente se  nos presenta el  obstáculo que el  héroe enfrentará: el antagonista –en este caso, súper villano— encarnado por Alain Prost, extraordinario corredor de McLaren, hombre de enorme inteligencia y mente maquiavélica, cualidades que bien personifican las características del súper villano ideal. Atributos que le valieron a Prost  el seudónimo de “ el profesor”.

Ambos corredores se sumergen en una batalla colosal por el título de la fórmula uno. Para este punto, la personalidad de Senna nos ha enganchado a tal punto, que las escenas de archivo –específicamente los POV de los carros— han adquirido propiedades de verdaderas escenas de acción, como las escenas ficcionadas de alguna película de Spielberg o Kurosawa. La ordinaria carrera automovilística de cada domingo, puesta bajo el emocionante score del afamado compositor brasileño Antonio Pinto  y  la lúcida dirección  de Kapadia, han evolucionado en algo más: en una suerte de evento cinematográfico, en un thriller de encomiable nivel.

De igual modo, las entrevistas de Senna en su natal Brasil sirven como mecanismo de empatía. Cachondo,  en una escena que raya en el surrealismo más puro, Xuxa intenta camuflar los embates sexuales que le hace Ayrton en un programa de niños; profético, el populi brasileño haciéndola de discípulo, aguardando la llegada del iluminado con su nuevo título mundial; insurgente y reformador, crítico llano de la politiquería  que figuraba en la FIA; romántico, deambulando en moto con Adriane Galisteu por las calles de Mónaco, y finalmente, el misericordioso —afortunadamente no pontificante—.

viernes, 19 de agosto de 2011

Final de Supercopa


             Alquimista.

La final de la supercopa solamente viene a confirmar lo que muchos ya pensaban: el F.C. Barcelona es el mejor equipo del mundo. Apoyar esta aseveración, a estas alturas, resulta demasiado obvio, pues el Barcelona  ya lo había demostrado  por lo menos desde los últimos seis años. Entonces, ¿qué nos deja exactamente un partido como el del miércoles, además de la confirmación de lo anterior? Nos deja una prensa dogmatizada que no le teme a la desmesura: la canonización de Messi por una parte y la designación del técnico madridista como una figura oscura, casi perversa. Un villano.

La villanía es sinónimo de corrupción moral. Pero, ¿acaso dentro de la cultura occidental, no han sido los villanos los encargados —por lo menos en lo que a la ficción se refiere— de darle memorabilidad a las historias donde han participado? El futbol no es más que una epopeya moderna, donde Mourinho representa al antagonista. Su papel—aparentemente sencillo— consiste en oponerse al credo del protagónico; en este caso al del Barcelona: por antonomasia el equipo ganador, humilde y role model que, no conforme con estos atributos, despliega un futbol bellísimo (sino es que perfecto). Virtudes que no están tan alejadas de las requeridas para convertirse en el arquetipo del héroe perfecto, clásico. Estamos entonces ante la batalla más antigua de todas: la del bien contra el mal, la infinita contienda de la moralidad. Mourinho personifica a Lucifer, el ángel caído, aquel cuya soberbia le hizo rebelarse ante dios; Guardiola es Jesucristo, la benevolencia encarnada y la sabiduría perenne.

Sin el carisma del portugués, los partidos entre ambos se limitarían a convertirse en contiendas de mero trámite: nuevas ediciones del derbi español como tienen llevándose a cabo durante décadas. Pero gracias al lusitano —y al extraordinario rendimiento del equipo blaugrana— han cobrado propiedades casi mitológicas. La desobediencia de Mourinho nos aleja de duelos deportivos legendarios como los que diputaban Kárpov vs. Kaspárov en los años ochenta, partidas emocionantes de abundante talento, y nos acerca más a las disputadas  por McNroe contra Jimmy Connors. Los argumentos fuera de la cancha parecen tener más validez que los presentados en el partido. Aun así, la comparación entre estas dos resulta burda, no sólo por tratarse de un deporte distinto, sino por lo que la colectividad conlleva.

Que se hable de la filosofía agreste de Mourinho por encima del rendimiento madridista, sólo confirma las sospechas de muchos: la inteligencia alienígena de Mourinho. Sus sesiones de hechicería, convertidas en conferencias de prensa, no han hecho más que arrastrar a la prensa mundial a donde él quiere. Sus encantamientos han cobrado efecto: el perdedor está en boca de todos. La prensa lo ha criticado con fidelidad, pero han  olvidado los matices del maligno: ser camaleónico. El villano cuenta con un arma poderosa, que  incluso rebasa las jurisdicciones del héroe: su carisma. Tomemos como ejemplo una de las mejores películas de los ochentas: Blue Velvet de David Lynch. ¿No es acaso Frank Booth (magnífico, Dennis Hopper) uno de los villanos más memorables del cine, por encima del insípido héroe Jeffrey Beaumount? ¿O no está  la bruja de Blanca Nieves —uno de los personajes más atemorizantes que jamás hayan existido— por encima  de la parquedad somnolienta de Blanca Nieves? ¿Y qué decir de la frigidez de Aurora y Felipe, los héroes de La bella durmiente? En definitiva, Maléfica es la culpable que la película haya trascendido la barrera del tiempo.

Mourinho —y no Messi ni Guardiola— será el encargado de volver más que legendarias las justas entre ambos equipos. Si Mourinho está destruyendo el futbol español, como afirma Piqué, lo hace por un bien mayor: el de la perpetuidad. La gloria eterna.

Ariel Gutiérrez.