Alquimista.
La final de la supercopa solamente viene a confirmar lo que muchos ya pensaban: el F.C. Barcelona es el mejor equipo del mundo. Apoyar esta aseveración, a estas alturas, resulta demasiado obvio, pues el Barcelona ya lo había demostrado por lo menos desde los últimos seis años. Entonces, ¿qué nos deja exactamente un partido como el del miércoles, además de la confirmación de lo anterior? Nos deja una prensa dogmatizada que no le teme a la desmesura: la canonización de Messi por una parte y la designación del técnico madridista como una figura oscura, casi perversa. Un villano.
La villanía es sinónimo de corrupción moral. Pero, ¿acaso dentro de la cultura occidental, no han sido los villanos los encargados —por lo menos en lo que a la ficción se refiere— de darle memorabilidad a las historias donde han participado? El futbol no es más que una epopeya moderna, donde Mourinho representa al antagonista. Su papel—aparentemente sencillo— consiste en oponerse al credo del protagónico; en este caso al del Barcelona: por antonomasia el equipo ganador, humilde y role model que, no conforme con estos atributos, despliega un futbol bellísimo (sino es que perfecto). Virtudes que no están tan alejadas de las requeridas para convertirse en el arquetipo del héroe perfecto, clásico. Estamos entonces ante la batalla más antigua de todas: la del bien contra el mal, la infinita contienda de la moralidad. Mourinho personifica a Lucifer, el ángel caído, aquel cuya soberbia le hizo rebelarse ante dios; Guardiola es Jesucristo, la benevolencia encarnada y la sabiduría perenne.
Sin el carisma del portugués, los partidos entre ambos se limitarían a convertirse en contiendas de mero trámite: nuevas ediciones del derbi español como tienen llevándose a cabo durante décadas. Pero gracias al lusitano —y al extraordinario rendimiento del equipo blaugrana— han cobrado propiedades casi mitológicas. La desobediencia de Mourinho nos aleja de duelos deportivos legendarios como los que diputaban Kárpov vs. Kaspárov en los años ochenta, partidas emocionantes de abundante talento, y nos acerca más a las disputadas por McNroe contra Jimmy Connors. Los argumentos fuera de la cancha parecen tener más validez que los presentados en el partido. Aun así, la comparación entre estas dos resulta burda, no sólo por tratarse de un deporte distinto, sino por lo que la colectividad conlleva.
Que se hable de la filosofía agreste de Mourinho por encima del rendimiento madridista, sólo confirma las sospechas de muchos: la inteligencia alienígena de Mourinho. Sus sesiones de hechicería, convertidas en conferencias de prensa, no han hecho más que arrastrar a la prensa mundial a donde él quiere. Sus encantamientos han cobrado efecto: el perdedor está en boca de todos. La prensa lo ha criticado con fidelidad, pero han olvidado los matices del maligno: ser camaleónico. El villano cuenta con un arma poderosa, que incluso rebasa las jurisdicciones del héroe: su carisma. Tomemos como ejemplo una de las mejores películas de los ochentas: Blue Velvet de David Lynch. ¿No es acaso Frank Booth (magnífico, Dennis Hopper) uno de los villanos más memorables del cine, por encima del insípido héroe Jeffrey Beaumount? ¿O no está la bruja de Blanca Nieves —uno de los personajes más atemorizantes que jamás hayan existido— por encima de la parquedad somnolienta de Blanca Nieves? ¿Y qué decir de la frigidez de Aurora y Felipe, los héroes de La bella durmiente? En definitiva, Maléfica es la culpable que la película haya trascendido la barrera del tiempo.
Mourinho —y no Messi ni Guardiola— será el encargado de volver más que legendarias las justas entre ambos equipos. Si Mourinho está destruyendo el futbol español, como afirma Piqué, lo hace por un bien mayor: el de la perpetuidad. La gloria eterna.
Ariel Gutiérrez.
