Dir: Asif Kapadia
El estreno de Conan el bárbaro (2011) el pasado fin de semana parece indicar el fin del verano hollywoodense, y no podía ser sino otra película de superhéroes la que lo concluyera.
Después del desastre del año pasado, los estudios encontraron su salvación con el 3D: aumentaron el precio, multiplicaron secuencias de acción hasta al hartazgo, revivieron franquicias olvidadas y trajeron otras. Con ellas vinieron toneladas de dinero, abaratando la narrativa de ser necesario. Ataque abierto a la inteligencia del público o no, los estudios, se olvidaron de él. Lo menospreciaron. Optaron por el abandono de personajes. En cambio, arroparon la tecnología. ¿Qué mejor oportunidad para ganar dinero que otra película de acción? Y vinieron a montones: hasta un director shakesperiano intentó –utilizando como intermediario a un dios de la mitología nórdica— conseguir una adaptación digna. Fue en vano: ni el mismísimo Branagh pudo sacar algo de la era oscurantista que domina a Hollywood , ni qué decir de los directores que firmaron súper-fiascos como Linterna Verde o ejercicios panfletarios como Capitán América.
Entonces, lo que los súper villanos jamás pudieron alcanzar lo consiguieron los productores hollywoodenses en un par de veranos: devaluar la figura del superhéroe. Transformándola en sinónimo de ambigüedad emocional. Acartonándola aún más. Por fortuna, todavía existen espacios intocables por la malaria del blockbuster: una cantidad mínima de salas por todo el mundo albergó al único superhéroe de valor que nos trajo el verano: un brasileño de nombre, Ayrton Senna. Éste no tenía la virtud del trueno ni cargaba consigo un mazo, tampoco manipulaba objetos a su preferencia, era de carne y hueso, pero sobretodo: real.
La comparación se antoja exagerada, pero basta escuchar a un brasileño expresarse del piloto. En Brasil, Senna tiene un estatus comparable con el de un profeta o un semidiós: ejemplifica a la perfección el prototipo del superhéroe moderno: virtuoso, física y moralmente superior al resto de los hombres. Ídolo. No es de sorprenderse que su muerte haya causado un verdadero escándalo en el país carioca y le haya merecido un funeral de Estado. Una figura como Ayrton Senna, una figura de tal envergadura, necesitaba una película que le honrara con algo más que dignidad, y el documental de Asif Kapadia (1972) lo consigue con bastante inteligencia. El largometraje no está nada alejado de algunas técnicas narrativas utilizadas en otras películas de superhéroes, ni siquiera de los bodrios ya mencionados, por lo menos en cuanto a planteamientos estructurales se refiere.
Durante los primeros veinte minutos atestiguamos la creación del mito. Senna realiza una proeza en el gran premio de Mónaco, lo que le vale el cambio a una escudería más poderosa y por consiguiente, con mejores armas. ¿No es esta una forma de otorgar súper poderes? ¿De convertir al humano en titán? El entonces Senna de la escudería Toleman se acerca poco a poco a la inmortalidad por medio de su enrolamiento con Lotus.
Kapadia nos plantea la película en forma de melodrama y rápidamente se nos presenta el obstáculo que el héroe enfrentará: el antagonista –en este caso, súper villano— encarnado por Alain Prost, extraordinario corredor de McLaren, hombre de enorme inteligencia y mente maquiavélica, cualidades que bien personifican las características del súper villano ideal. Atributos que le valieron a Prost el seudónimo de “ el profesor”.
Ambos corredores se sumergen en una batalla colosal por el título de la fórmula uno. Para este punto, la personalidad de Senna nos ha enganchado a tal punto, que las escenas de archivo –específicamente los POV de los carros— han adquirido propiedades de verdaderas escenas de acción, como las escenas ficcionadas de alguna película de Spielberg o Kurosawa. La ordinaria carrera automovilística de cada domingo, puesta bajo el emocionante score del afamado compositor brasileño Antonio Pinto y la lúcida dirección de Kapadia, han evolucionado en algo más: en una suerte de evento cinematográfico, en un thriller de encomiable nivel.
De igual modo, las entrevistas de Senna en su natal Brasil sirven como mecanismo de empatía. Cachondo, en una escena que raya en el surrealismo más puro, Xuxa intenta camuflar los embates sexuales que le hace Ayrton en un programa de niños; profético, el populi brasileño haciéndola de discípulo, aguardando la llegada del iluminado con su nuevo título mundial; insurgente y reformador, crítico llano de la politiquería que figuraba en la FIA; romántico, deambulando en moto con Adriane Galisteu por las calles de Mónaco, y finalmente, el misericordioso —afortunadamente no pontificante—.
