jueves, 7 de junio de 2012


El lenguaje de los spots




Año con año, el culto a la desmesura empapa con feroz velocidad las calles de toda la república mexicana. Los ciudadanos, impotentes, observan con asombro y horror. Las campañas políticas parecen representar el punto más bajo y penoso de nuestra mexicanidad, la abyección total de nuestra idiosincrasia. Carteles, panfletos, cápsulas radiales, spots televisivos, millones de pesos con el mismo objetivo: encumbrar al candidato en turno, elevar sus virtudes. De no existir éstas, inventémoslas con inteligencia, con sagacidad. Despúes de todo, el engaño y el artificio, consisten un arte en sí mismo. Preguntémosle a los maestros de lo apócrifo: ¿los escribanos?, ¿los tahúres?, ¿los publicistas? 

Estos últimos pueden considerarse los timadores por excelencia en la actualidad. Su conocimiento de las técnicas audiovisuales les permiten una penetración eficaz en casi todos los sectores de la población. Las campañas políticas representan su prueba máxima. Vailéndose de todos los recursos posibles se embarcan en una enérgica competencia que dura alrededor de cuatro meses.

En la presente contienda presidencial se pueden encontrar ciertas similutdes entre los cuatro candidatos, en cuanto al tratamiento audiovisual de sus campañas se refiere. Pero esencialmente se trata de cuatro propuestas distintas. Éstas, desde luego, permanecen  lejos del ideal y, por el contrario, se conjugan en un mismo resultado: contribuir al hastío que padecen millones. 

El equipo publicitario de Peña Nieto ha apostado por una estética cuidada que no sólo se limita a la realización de sus spots. La creencia popular de que el candidato priísta es atractivo ha representado el punto pivotal de su campaña, pues la pulcritud de su imagen parece ser un punto fundamental: la elegancia de su saco negro, su usual corbata roja, y su sello característico: el peculiar peinado engelado, símbolo sexual para algunos,  metáfora de la superficialidad y de la imposición para otros.  

El equipo de publicistas del mexiquense apostó por recorrer lo ancho y largo del país. En su afán de crear una especie de Dorian Grey azteca, la explotación de su imagen ha sido llevada hasta las últimas consencuencias por su equipo de campaña. En su spot de Yucatán, visitendo una guayabera, jugando fútbol, caminando campante por el paseo Montejo; en Coahuila, repartiendo sonrisas por el Ateneo Fuente de Saltillo, enchamarrado y mostrando a cámara orgullosamente su hebilla, posiblemente buscando una asociación con ese “duro” carácter que caracteriza popularmente  a los norteños; en Nuevo León, nuevamente mostrando la hebilla del cinturón, pero esta vez degustando comida regional —presumiblemente cabrito—, mientras un grupo fara fara ameniza la ocasión; en el Distrito Federal,  saludando amablemente a miembros de alguna tribú urbana (¿darketos?), tratando evidentemente de difundir un mensaje de tolerancia; en Guanajuato, su guardarropa se presta para una peculiar elección: Peña, enfundado en un saco á la Sherlock Holmes, saluda a un contingente —aparentemente del festival cervantino—. Sin duda la cultura parece justifición suficiente para la extraña elección snob del vestuario. Los ejemplos siguen a lo ancho de la república.




Lo innegable y destacable de la campaña peña nietense es la antelación con la que fue preparada. Cada spot está diseñado ingenua o inteligentmente —dependiendo desde dónde se vea— para entrar en el inconsciente colectivo de cada región, utilizando como raíz los símbolos más emblemáticos de cada estado. Visualmente la realización de todos los spots es pulcra, pero poco imaginativa: convencional en el peor sentido de la palabra. Como dato curioso: la mayoría de los spots carecen de algún movimiento de cámara, sea éste complejo o sencillo; posiblemente por las dificultades que representa filmar en lugares tan concurridos. El lenjuage cinematgráfico peña nietense es arcaico. Consta básicamente de cámara en mano —en la mayoría de los casos—, algunos zooms ocasionales, y planos de establecimiento.

También ingenua es la campaña de la candidata blanquiazul, Josefina Vázquez Mota. En su spot referente a la educación, un ligero dolly travelling muestra a la candidata exponiendo puntos sobre la educación. Lo ridículo no se centra en su discurso, sino en la imagen: la candidata habla de su experiencia como secretaria de educación pública, sentada en una silla y frente a un escrtorio que parece contener todo cliché posible: un lapicero, una enciclopedia y ¡un libro abierto! En su spot referente a la seguridad, podemos ver un mayor uso del lenguaje fílmico: un niño parece huir ante el peligro, compañado por música macabra. La acción transucrre en cámara lenta. La imagen se  yuxtapone con el discurso de Josefina que, bajo un fondo negro, recita mecánicamente su discurso mientras algunas palabras aparacen en el fondo: legalidad, eficiencia, seguridad, paz. Una serie de intercortes también acompañan el video: insertos de un elemento de seguridad preparándose para la batalla, subiéndose el cierre de la chamarra, ajustándose la pistola y tomando su gorra de la policía federal. En un spot más reciente, Josefina le habla a un interlocutor desconocido, abandonando la mirada al público. la característica mirada frontal  de los spots televisivos desaparece y una inusual regla del lenguaje cinematográfico es utilizada en un spot presidencial—según las reglas del cine, la mirada  dirigida al espectador, suele considerarse, desde el punto de vista académico, como un efecto distractor, un error, si se toma en cuenta como referencia el famoso libro de Joseph V. Mascelli. Aunque la regla es común alrededor del mundo, grandes maestros se han atrevido a quebrantarla, prueba de ello es el maravilloso cine de Yasujiro Ozu.


Igual de desconcertante—aunque se antoje para un analisis más profundo que el del resto— es la campaña del candidato de "las izquierdas”, Andres Manuel López Obrador. Independientemente de contar con el apoyo de figuras importantes e influyentes del medio fílmico nacional —Gael García , los Bichir y Daniel Giménez Cacho, entre otros—, el equipo de AMLO se destaca  por una importante singularidad: tiene dentro de su equipo de publicidad a un destacado  y veterano cineasta, Luis Mandoki. Esto nos conduciría a pensar que su abordaje sería distinto al de sus contrincantes, lo cual, decepcionantemente, no es necesariamente cierto.

Luis Mandoki inició su carrera en Hollywood, donde dirigió atinadamanete un par de comedias románticas durante la década de los noventas. Después regresó a México, en donde cambió radicalmente el contenido de su filmografía, iniciando una nueva etapa, que podría bautizarse como su etapa “social”. Consta básicamente de tres películas: el drama ambientado en el Salvador, Voces Inocentes, y dos documentales dedicados a AMLO, ¿Quien es el señor lópez? (2006) y Fraude 2006 (2007). Estas películas constituyen su etapa documental, que lo ha consolidado como uno de de los creadores más importantes del género en los últimos años. Aunque no tiene la lírica de Juan Carlos Rulfo ni la complejidad de Everardo González, sus dos documentales sobre Obrador son ejercicios propagandísticos acertados y perfectamente ejecutados.
Dentro del universo de Mandoki, la retórica lopezobradorista —generalmente soporífera—raya por momentos en la emotividad. Esto, desde luego, es posible por el acertado montaje de Mariana Rodríguez—colaboradora de Fernando Eimbcke, y Luis Estrada, entre otros—, la música de Brahms y Beethoven que acompaña una serie de imágenes en cámara lenta donde Obrador saluda al público mientras miles de fanáticos marchan al borde del éxtasis por calles de Reforma, el centro histórico y otros puntos de la Ciudad de México. El efecto es poderoso, seductor, por momentos esperanzador. Este tipo de ilusión es el tipo de sensaciones que uno esperaría de la campaña actual. Desafortunadamente, la apuesta está sostenida en la convención, en lo habitualmente aburrido. 

Sólo en un spot podemos ver las técnicas manipulativas que tanto éxito tuvieron en Fraude 2006. Imágenes de la revolución Mexicana, un tenue Dolly in a Salinas que observa al Zocalo dándole la espalda al espectador, edificios derrumbados por el terremoto del ochenta y cinco, y madres que lloran la pérdida de sus hijos, producto de la guerra contra el narcotráfico. Todas las imágenes en blanco y negro y con una emotiva pieza instrumental. El color surge con la aparición de Obrador y comienza a escucharse una muchedumbre maravillada. De todos los spots que he visto al aire hasta el momento, este parece ser el más cinematográfico, manipulador, y también el mejor. Es el más cercano a un buen cine de propaganda, a un verdadero cine efectista.

Dejando de lado la postura política del spot, el hecho de recurrir a hechos históricos y haber elegido meticulosamente los fotogramas utilizados en el anuncio, le dan una sensación de mayor funcionalidad. Aunado a esto, algunas imágenes empleadas son atractivas fotográficamente. Por poner un ejemplo: Carlos Salinas mirando hacia el zócalo en un medium shot

Utilizar como recurso alienante el nada sutil cambio de blanco y negro a color, y el score extremadamente meloso parecería naif en la mayoría de los casos, pero el resultado final parece probar lo contrario: funciona bastante bien. López Obrador parece salvarse por esta honrosa excepción. El resto de su campaña es igual de intelectualmente marchita  que las del resto de los candidatos: Obrador como merolico frente a una mesa o un fondo blanco en los comerciales para el PT, mientras ligeros movimientos de cámara tratan de ensanchar el discurso.




La campaña de Gabriel Quadri bordea el rídiculo. En el más disparatado de sus spots, una serie de personajes históricos—fotografías y videos con resolución you tube— desfilan por la pantalla con citas que los inmortalizaron. Al final, aparece el logo de Nueva Alianza. El spot no tiene ningún tipo de congruencia tématica. Es un simple y llano desfile de citas famosas. La realización no contribuye: ni siquiera trata de darle algún tipo de coherencia o significado a las imágenes. Esto  parece irrelevante; asociar a estos  celebridades con el partido, parece una labor titánica. Suena a un verdadera locura. 

Sin embargo, la locura parece ser el punto central de la campaña de Quadri. Sus spots ocupan el punto más surreal y extraño de esta contienda presidencial. No sólo dentro de ésta, sino de cualquier otra que recuerde. Si asociáramos a Quadri con algún genero dramatico, sería la comedia. Desafortunadamente para el candidato, es la comedia involuntaria.

En uno de sus sptos, un volkswagen recorre Reforma, caminos empedrados y polvorientos, el mar. Despúes, lo insólito: un travelling recorre a cuatro personajes que aparentemente representan a cada uno de los candidatos. Una mujer de suéter azul dice ser conservadora; un joven afirma que “le gusta verse bien”, acto seguido el joven se peina el copete; otro afirma —¿con acento sureño?— que es “muy amoroso”; el último se jacta de ser profesor y estar comprometido con México. La realización es sencilla, pero correcta. Sin embargo, el contenido es preocupante. El spot es egoísta con su pretendido público. La estereotipación de los candidatos es reducida al punto más sintético: lo superficial de lo superficial, y lo peor de todo, ni siquiera consigue favorecer al candidato. 

Por último, el spot referente a las mujeres: la Quadri-van recorre un inhóspito desierto, una mujer corre atemotizada y la van decide detenerse para ayudar. La mujer, que presenta evidencias de maltrato, habla con rapidez: “Mi novio me quiere matar, no trabaja, me quería quitar el dinero y no se lo di". El alter ego de Quadri actúa con rapidez y propone ir a denunciarlo. Sobra decir que las actuaciones son pésimas y el maquillaje inverosímil, pero aquí, nuevamente, el guión brilla sobre todo lo demás. Es tremendamente surreal. ¿Qué hacía una “chica” en medio del desierto? ¿Por qué es novia de un haragán? ¿A qué autoridad competente van a ir a denunciarlo? ¿Acudirán a un cactus? ¿Un coyote? 

El spot contiene una puesta en escena con actores, de ahí que su lenguaje sea distinto a la del resto. Tiene un punto de vista, un over shoulder, y un campo contra campo etc. Sin duda es lo más cercano que tenemos a un cineminuto en la campaña. Podemos decir que consta de tres actos, tiene un héroe y un  villano. En otras palabras, tiene los elementos necesarios para ser juzgado como un verdadero churro cinematográfico.



Sacando un balance general, las cuatro campañas son fallidas, si no en términos mercadológicos, sí en los creativos. La propaganda suele verse de mala manera— su adjetivo (propagandístico) suele interpretarse como peyorativo, aunque represente exclusivamente una etiqueta genérica.  El arte como  la publicidad carecen de objetividad, representan únicamente la visión cosmológica del artista. En ese caso, la calidad del cine documental como la del producto, está sujeta únicamente a la narrativa o a la efectivdad de ésta, y no a su veracidad. Por eso es que películas tan descalifcadas como Olympia (Riefenstahl, 1938) en su momento, se estudian en la actualidad en las aulas y no permanecen enlatadas bajo el muro de la verguenza. 

Ninguna campaña consigue satisfactoriamente utilizar su propaganda con inteligencia. Unos lo hacen mejor y otros, francamente, lo hacen con total ineptitud. La situación es deprimente si se considera la cantidad de herramientas con las que se cuentan actualmente. A inicios de este año, un video viral llamado “Kony 2012” inundó buena parte de las redes sociales de todo el mundo.  El video se convirtió en un fenómeno mediático. El video, obra maestra de la propaganda moderna, se vale de todo tipo de artimañas para conseguir su objetivo, apoyándose principalmente en plataformas como you tube y animaciones bien realizadas. El montaje es perfecto, logra seducir al espectador en cuestión de minutos y lo mantiene fijo en el monitor por más de veinte minutos.

 Viendo la fiebre mundial que desató el video, resulta dificil pensar que ninguno de los jefes de propaganda de la actual campaña tuvo la oportunidad de verlo. ¿Lo vieron o no lo vieron? En todo caso, prefirieron conformarse con otra cosa: el discurso vacuo peña netiense, la guerra sucia panista, la ingenuidad perredista y la estupidez de Nueva Alianza. La imaginación abandona a los candidaos día con día, lo preocupante es que no es exclusivo de ellos: parece haber abandonado a México. Afortundamente, sólo hablamos de política.

domingo, 29 de enero de 2012

Crónica de un encuentro con Bruno Dumont.



Me pidieron que entrevistara a Dumont un miércoles por la tarde. Lo tomé con cierta retinencia al principio porque conocía la reputación que le concedían al cineasta francés: impenetrable, sobrio, una extraña mezcla entre la pedantería más embelesada y el hermetismo más fino. Lo pude corroborar la noche anterior devorando prácticamente todas las entrevistas que se pueden encontrar sobre él en la red. En ellas se encarga de desquiciar a reporteros de todo el mundo por igual: una crítica de cine argentina pega una risotada ante la severidad del cineasta, un videoblogger griego decide interrumpir la entrevista, ante el fracaso de la misma, y un crítico norteamericano ríe de nervios intermitentemente.
La mayoría de las entrevistas que vi son suficientemente cortas para considerarse fallidas. La brevedad de sus respuestas suelen ser tomadas como afrentas directas por sus interlocutores, que, en el mejor de los casos, deciden hacerle frente con un par de preguntas más, sin mucho éxito. Después de todo, la entrevista, más que una técnica para recabar información, es una pequeña batalla, una escaramuza entre dos entes. Puede cobrar verdadera relevancia de ser necesario. Viéndole fríamente, no es más que otra manifestación de la conducta humana para el lucimiento del ego.

Sabía que para garantizar el éxito de mi entrevista tendría que recurrir a eso que Gaudí llama la simplicidad de las primeras soluciones, el retorno al origen: la originalidad. Rehuir a los lugares comunes podía ser una buena opción para enfrentarle. Preparé siete preguntas, la mayoría —para ser sinceros— bastante condescendientes, y que respondían a cuestionamientos personales. Era ineludible preguntarle por el final de Fuera de Satán y su relacion con Ordet de Dreyer, y más recientemente con Luz silenciosa de  Reygadas —especialmente si se considera que fue Mantaraya producciones quien le trajo a México. También tenía una duda que me aquejaba desde tiempo y que ninguna búsqueda por internet había logrado disipar: quería saber qué pensaba Bruno Dumont sobre el escritor francés Michel Houellebecq. Ambos habían estado en el ojo del huracán, o por lo menos firmaban obras que eran víctimas de las injurias más terribles por parte de grupos conservadores. Pero lo fundamental para mí, es que ven con igual  fascinación y frialdad a sus creaciones, sus criaturas.

Redacté más preguntas, una de relleno, lo que podría decirse, una pregunta informativa: ¿cómo trabajas con tus actores? ¿dónde consigues a tus actores? Creí que sería importante contar con una pregunta que me garantizara una respuesta sencilla y útil. Escribí todas las preguntas en una hora, las pensé con tres cigarros y otros cuarenta minutos. Dormí tranquilo.

Mi fracaso podía haber estado vaticinado, pero nunca imaginé la forma. Después de levantarme, agendé una cita con _______ y me fui a comer con ella relajado, a sabiendas que tenia un excelente backup con las preguntas impresas. La agradable comilona se transformó abruptamente en lo que la idiosincrasia mexicana bien podría denominar una partida de insípidas netas. Confesiones materializadas en objetos punzocortantes. Dentro de este remolino emocional, el auteur francés pasó a segundo plano. Olvidé la devoción que le tengo a L’humanité, obra maestra de la decada de los noventa y sin duda revitalizadora del cine europeo. Me dejé llevar por las emociones como haría alguna criatura extraída de un film de Dumont. Rendí mis aspiraciones intelectuales ante el amor y ahí me di cuenta de la real valía del cine de Dumont, de la fiel concepción que tiene del género humano, de la certeza que pocos cineastas tienen al aproximarse a la condición humana. Ahí, en una estación de metrobús y en medio de una acalorada discusión amorosa —si puede llamársele de esa manera—entendí el valor del cineasta francés. A sólo quince minutos del inicio de la entrevista, me encontraba ante una pasmosa realidad, actuaba impulsivamente, había olvidado por completo la entrevista soñada. ¿No me había convertido, en medio de la acalorada conversación, en una criatura dumontiana? Fanático, como la céline que decide plantar una bomba en el metro de París, o como David, el impetuoso fotógrafo de Veintinueve palmas que decide asesinar a su amante. Guardadas las proporciones, yo actuaba en la misma línea de estos personajes: sin cautela y motivado por un arrebato de efusividad profundamente humano.  Cuando me despedí de los ojos-maravilla, de ella, se hizo patente para cualquier transeúnte — que cruzara por ahí en ese momento y no en otra parte del mundo—que mi cara evolucionaba en una suerte de mortaja, fétida de tristeza. Miré mi reloj no sin antes maldecir la situación: me dirigía, y tarde, con un verdadero experto en las relaciones humanas. Llegué unos quince minutos tarde, pero afortunadamente un reportero de CNN seguía haciéndole preguntas a Dumont. Pude constatar la indolencia de la prensa de espectáculos latinoamericana con sólo eschuchar una pregunta: el reportero de la cadena norteamericana le preguntó si le gustaba México. En ese marco era totalmente permisible que su siguiente cuestionamiento fuera sobre si el francés había probado las enchiladas.
 Esperé afuera de la sala hasta que llegó mi turno. Una mujer avejentada se presento como la traductora. Tenía cierto aire de dulzura pero en su rostro era evidente la fatiga. Dumont, por su parte, tenía un aspecto extraño, largas horas frente a dos reflectores le habían regalado una natilla sudorosa que se asentaba en su frente. Me dijeron que tenía más de diez horas ahí.
 Algo dubitativo, le escupí con cierto retraimiento mi primera pregunta a la traductora. Le pregunté sobre su próxima película; siendo más específicos, sobre su nuevo fichaje estrella: la encantadora Juliette Binoche. Al ser un director que trabaja con no actores, era evidente la sorpresa de muchos al elegir a una actriz tan experimentada como la Binoche. Se limitó a decir que era director y el trabajo con actores no era otra cosa más que su oficio. Mi decepción era mayúscula, sabía que encontraría en el resto de las preguntas una barricada similar o de mayor volumen.
 El siguiente embate fue más breve que el anterior: la comentada pregunta sobre Dreyer y Hors Satan por fin vio luz. En este nuevo enfrentamiento divisé a un enemigo desconocido: las inclemencias del lenguaje se manifestaron obstinadamente. Era evidente que la traductora no era una experta en apreciación cinematográfica y mucho menos en lenguas escandinavas, lo que provocó una confusión de tintes culturales. En ese punto me animé a pronunciar lumiere silencieuse para aligerar un poco el borlote. Algo esquivo, hizo mención a la espiritualidad desde tiempos inmemoriables en cualquier tipo de manifestacion aritística. La respuesta fue un poco más extensa que las anteriores, pero erré en mi objetivo:  se negó a reconocer cualquier tipo de influencia en su obra, por lo menos moderna. El apellido Bernanos jamás emergió de su boca.
Para este punto, mis pensamientos se encontraban en un recoveco inusual,  como en una partida de ajedrez. Ahora me encontraba en una posición bastante desventajada. Por efecto espejo, el de la natilla asentada en la frente habia pasado a ser: yo. No habría que ser doctor para diagnosticar correctamente los síntomas: manos temblorosas, frente sudorosa, voz entrecortada, ¡el paciente está enamorado! Tal aseveración podía ser cierta, pero ahora estaba en bastantes aprietos con mi entrevista. Coqueteaba con los peligrosos bordes de la ridiculez. Traté de esfumar la efigie que aquejaba mi mente: ojos cafés, ojos-maravilla. La deliciosa sonrisa femenina.

¿Cuál es su opinión sobre Houellebecq? Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Negó haber leído algo del escritor, después me preguntó con extraña curiosidad el motivo de la comparación. Ahondé un poco en la formalidad violenta de ambos, las preocupaciones temáticas que comparten, y su asociación con un movimiento que el crítico norteamericano James Quandt llama new french extremity. Parecio molestarle bastante la comparación, después de todo el escritor francés es bastante antipático e huraño. O por lo menos eso aparenta en las entrevistas. La última de mis pretensiones hubiera sido descubrir su enojo, pero dada la situación, arrancarle un atisbo colérico podía considerarse como un acto triunfal.

Los ojos-encanto  se anidaron en otra morada por un instante. Pude contraatacar con otra pregunta, pero otros ojos —éstos, no tan bellos— resbalaron sobre mí. La sala,  poblada de gente de todas edades, me observaba como quien desmenuza a su vulnerable presa: esperaban mi siguiente pregunta con sanguinaria ansiedad. La pausa se volvió cada vez más prolongada y  pronto se pudo respirar un aire de suma incomodidad por todo el salón. F, mi acompañante, trato de animarme con un sutil movimiento de cabeza. Sus ojos se abrieron con lentitud hasta quedar completamente descubiertos, como imitando el sosegado movimiento de una bestiecilla africana. Usé mis dos preguntas comodines —éstas, para ser sinceros, bastante mediocres—que sabia, funcionarían. Preguntas de las que ya tenía respuesta: ¿cómo consigues a tus actores? Su respuesta fue exactamente como la imaginé. Sólo mencionó tres palabras: oficinas, de, desempleo.

Todo nace, vive y muere. Nuestro universo se compone de procesos cíclicos. A la entrevista le había llegado su fin. Le di un caluroso abrazo y un agradecimiento. No pudo evitar sobresaltarse. ¿Había tendido la reconciliación entre la prensa y el artista? De todos modos le admiraba demasiado como para no abrazarle: las diferencias culturales parecieron no importarme, tampoco su brusco hermetismo.

Afuera de la burbuja, F y yo, comentábamos lo sucedido: hizo hincapié en mi nerviosismo, en mi capacidad extrahumana para transpirar, y después me dio uno de los regalos más atinados en mucho tiempo, una de las máximas manifestaciones humanas: un simple abrazo.
Las dos criaturas se abrazaban tímidamente en la calle. Los ojos-milagro ya no estaban ahí pero la urgencia de vivir era demasiado alta. Nos fuimos a beber. Después de todo, somos humanos.