Me pidieron que entrevistara a Dumont un miércoles por la tarde. Lo tomé con cierta retinencia al principio porque conocía la reputación que le concedían al cineasta francés: impenetrable, sobrio, una extraña mezcla entre la pedantería más embelesada y el hermetismo más fino. Lo pude corroborar la noche anterior devorando prácticamente todas las entrevistas que se pueden encontrar sobre él en la red. En ellas se encarga de desquiciar a reporteros de todo el mundo por igual: una crítica de cine argentina pega una risotada ante la severidad del cineasta, un videoblogger griego decide interrumpir la entrevista, ante el fracaso de la misma, y un crítico norteamericano ríe de nervios intermitentemente.
La mayoría de las entrevistas que vi son suficientemente cortas para considerarse fallidas. La brevedad de sus respuestas suelen ser tomadas como afrentas directas por sus interlocutores, que, en el mejor de los casos, deciden hacerle frente con un par de preguntas más, sin mucho éxito. Después de todo, la entrevista, más que una técnica para recabar información, es una pequeña batalla, una escaramuza entre dos entes. Puede cobrar verdadera relevancia de ser necesario. Viéndole fríamente, no es más que otra manifestación de la conducta humana para el lucimiento del ego.
Sabía que para garantizar el éxito de mi entrevista tendría que recurrir a eso que Gaudí llama la simplicidad de las primeras soluciones, el retorno al origen: la originalidad. Rehuir a los lugares comunes podía ser una buena opción para enfrentarle. Preparé siete preguntas, la mayoría —para ser sinceros— bastante condescendientes, y que respondían a cuestionamientos personales. Era ineludible preguntarle por el final de Fuera de Satán y su relacion con Ordet de Dreyer, y más recientemente con Luz silenciosa de Reygadas —especialmente si se considera que fue Mantaraya producciones quien le trajo a México. También tenía una duda que me aquejaba desde tiempo y que ninguna búsqueda por internet había logrado disipar: quería saber qué pensaba Bruno Dumont sobre el escritor francés Michel Houellebecq. Ambos habían estado en el ojo del huracán, o por lo menos firmaban obras que eran víctimas de las injurias más terribles por parte de grupos conservadores. Pero lo fundamental para mí, es que ven con igual fascinación y frialdad a sus creaciones, sus criaturas.
Redacté más preguntas, una de relleno, lo que podría decirse, una pregunta informativa: ¿cómo trabajas con tus actores? ¿dónde consigues a tus actores? Creí que sería importante contar con una pregunta que me garantizara una respuesta sencilla y útil. Escribí todas las preguntas en una hora, las pensé con tres cigarros y otros cuarenta minutos. Dormí tranquilo.
Mi fracaso podía haber estado vaticinado, pero nunca imaginé la forma. Después de levantarme, agendé una cita con _______ y me fui a comer con ella relajado, a sabiendas que tenia un excelente backup con las preguntas impresas. La agradable comilona se transformó abruptamente en lo que la idiosincrasia mexicana bien podría denominar una partida de insípidas netas. Confesiones materializadas en objetos punzocortantes. Dentro de este remolino emocional, el auteur francés pasó a segundo plano. Olvidé la devoción que le tengo a L’humanité, obra maestra de la decada de los noventa y sin duda revitalizadora del cine europeo. Me dejé llevar por las emociones como haría alguna criatura extraída de un film de Dumont. Rendí mis aspiraciones intelectuales ante el amor y ahí me di cuenta de la real valía del cine de Dumont, de la fiel concepción que tiene del género humano, de la certeza que pocos cineastas tienen al aproximarse a la condición humana. Ahí, en una estación de metrobús y en medio de una acalorada discusión amorosa —si puede llamársele de esa manera—entendí el valor del cineasta francés. A sólo quince minutos del inicio de la entrevista, me encontraba ante una pasmosa realidad, actuaba impulsivamente, había olvidado por completo la entrevista soñada. ¿No me había convertido, en medio de la acalorada conversación, en una criatura dumontiana? Fanático, como la céline que decide plantar una bomba en el metro de París, o como David, el impetuoso fotógrafo de Veintinueve palmas que decide asesinar a su amante. Guardadas las proporciones, yo actuaba en la misma línea de estos personajes: sin cautela y motivado por un arrebato de efusividad profundamente humano. Cuando me despedí de los ojos-maravilla, de ella, se hizo patente para cualquier transeúnte — que cruzara por ahí en ese momento y no en otra parte del mundo—que mi cara evolucionaba en una suerte de mortaja, fétida de tristeza. Miré mi reloj no sin antes maldecir la situación: me dirigía, y tarde, con un verdadero experto en las relaciones humanas. Llegué unos quince minutos tarde, pero afortunadamente un reportero de CNN seguía haciéndole preguntas a Dumont. Pude constatar la indolencia de la prensa de espectáculos latinoamericana con sólo eschuchar una pregunta: el reportero de la cadena norteamericana le preguntó si le gustaba México. En ese marco era totalmente permisible que su siguiente cuestionamiento fuera sobre si el francés había probado las enchiladas.
Esperé afuera de la sala hasta que llegó mi turno. Una mujer avejentada se presento como la traductora. Tenía cierto aire de dulzura pero en su rostro era evidente la fatiga. Dumont, por su parte, tenía un aspecto extraño, largas horas frente a dos reflectores le habían regalado una natilla sudorosa que se asentaba en su frente. Me dijeron que tenía más de diez horas ahí.
Algo dubitativo, le escupí con cierto retraimiento mi primera pregunta a la traductora. Le pregunté sobre su próxima película; siendo más específicos, sobre su nuevo fichaje estrella: la encantadora Juliette Binoche. Al ser un director que trabaja con no actores, era evidente la sorpresa de muchos al elegir a una actriz tan experimentada como la Binoche. Se limitó a decir que era director y el trabajo con actores no era otra cosa más que su oficio. Mi decepción era mayúscula, sabía que encontraría en el resto de las preguntas una barricada similar o de mayor volumen.
El siguiente embate fue más breve que el anterior: la comentada pregunta sobre Dreyer y Hors Satan por fin vio luz. En este nuevo enfrentamiento divisé a un enemigo desconocido: las inclemencias del lenguaje se manifestaron obstinadamente. Era evidente que la traductora no era una experta en apreciación cinematográfica y mucho menos en lenguas escandinavas, lo que provocó una confusión de tintes culturales. En ese punto me animé a pronunciar lumiere silencieuse para aligerar un poco el borlote. Algo esquivo, hizo mención a la espiritualidad desde tiempos inmemoriables en cualquier tipo de manifestacion aritística. La respuesta fue un poco más extensa que las anteriores, pero erré en mi objetivo: se negó a reconocer cualquier tipo de influencia en su obra, por lo menos moderna. El apellido Bernanos jamás emergió de su boca.
Para este punto, mis pensamientos se encontraban en un recoveco inusual, como en una partida de ajedrez. Ahora me encontraba en una posición bastante desventajada. Por efecto espejo, el de la natilla asentada en la frente habia pasado a ser: yo. No habría que ser doctor para diagnosticar correctamente los síntomas: manos temblorosas, frente sudorosa, voz entrecortada, ¡el paciente está enamorado! Tal aseveración podía ser cierta, pero ahora estaba en bastantes aprietos con mi entrevista. Coqueteaba con los peligrosos bordes de la ridiculez. Traté de esfumar la efigie que aquejaba mi mente: ojos cafés, ojos-maravilla. La deliciosa sonrisa femenina.
¿Cuál es su opinión sobre Houellebecq? Se hizo un silencio sepulcral en la sala. Negó haber leído algo del escritor, después me preguntó con extraña curiosidad el motivo de la comparación. Ahondé un poco en la formalidad violenta de ambos, las preocupaciones temáticas que comparten, y su asociación con un movimiento que el crítico norteamericano James Quandt llama new french extremity. Parecio molestarle bastante la comparación, después de todo el escritor francés es bastante antipático e huraño. O por lo menos eso aparenta en las entrevistas. La última de mis pretensiones hubiera sido descubrir su enojo, pero dada la situación, arrancarle un atisbo colérico podía considerarse como un acto triunfal.
Los ojos-encanto se anidaron en otra morada por un instante. Pude contraatacar con otra pregunta, pero otros ojos —éstos, no tan bellos— resbalaron sobre mí. La sala, poblada de gente de todas edades, me observaba como quien desmenuza a su vulnerable presa: esperaban mi siguiente pregunta con sanguinaria ansiedad. La pausa se volvió cada vez más prolongada y pronto se pudo respirar un aire de suma incomodidad por todo el salón. F, mi acompañante, trato de animarme con un sutil movimiento de cabeza. Sus ojos se abrieron con lentitud hasta quedar completamente descubiertos, como imitando el sosegado movimiento de una bestiecilla africana. Usé mis dos preguntas comodines —éstas, para ser sinceros, bastante mediocres—que sabia, funcionarían. Preguntas de las que ya tenía respuesta: ¿cómo consigues a tus actores? Su respuesta fue exactamente como la imaginé. Sólo mencionó tres palabras: oficinas, de, desempleo.
Todo nace, vive y muere. Nuestro universo se compone de procesos cíclicos. A la entrevista le había llegado su fin. Le di un caluroso abrazo y un agradecimiento. No pudo evitar sobresaltarse. ¿Había tendido la reconciliación entre la prensa y el artista? De todos modos le admiraba demasiado como para no abrazarle: las diferencias culturales parecieron no importarme, tampoco su brusco hermetismo.
Afuera de la burbuja, F y yo, comentábamos lo sucedido: hizo hincapié en mi nerviosismo, en mi capacidad extrahumana para transpirar, y después me dio uno de los regalos más atinados en mucho tiempo, una de las máximas manifestaciones humanas: un simple abrazo.
Las dos criaturas se abrazaban tímidamente en la calle. Los ojos-milagro ya no estaban ahí pero la urgencia de vivir era demasiado alta. Nos fuimos a beber. Después de todo, somos humanos.