Mi entusiasmo no podía ser mejor cuando descubrí que
(Alfonso) Cuarón filmaba una película que acontecía en el espacio; considero
que sus películas —por lo menos la
mitad de su filmografía— son notables y
es, por mucho, el mejor de los llamados “three amigos”. Children of Men es indiscutiblemente una obra mayor y su trabajo
con Emmanuel Lubezki debe ser uno de los más fructíferos en la relación director-fotográfo
que yo recuerde en la actualidad (basta con desmenuzar cada uno de sus trabajos
y atestiguarlo por uno mismo). Por ello, la expectativa de Gravity era enorme:
el trailer emocionaba y ya nos adelantaba ese virtuosimo técnico tan común en
la mancuerna Cuarón-Lubezki.
Como había sido anunciado en los precoces reportajes de
algunos blogs norteamericanos, la película abre con un plano larguísimo de
diecisiete minutos; se trata de un accidente en un transbordador espacial que
sirve tanto como motor narrativo de la historia, como para hacer un
impresionante despliegue estilístico. El plano es hermoso estéticamente: la Tierra
en el fondo señorea a una tripulación que realiza un ajuste técnico a su nave,
mientras la —¿jugetona?,
¿anárquica?— cámara de
Lubezki pasea libremente por el espacio, esta vez en su sentido más literal. La
fascinación es inmediata aunque dispar; el momento preciocista contrasta con la
futilidad de los dialogos: Clooney habla en un tono cándido —rozando la caricatura— sobre sus experiencias
adolescentes (una huída en un automóvil, una anécdota en el mardi gras), mientras Bullock hace una
reparación de rutina. La relación que existe entre ambos parece concernir al
plano estrictamente de lo laboral (algo aparantemente irrelevante, pero
fundamental para entender una de las flaquezas del filme). Una llamada desde
Houston anuncia que aborten la misión y, súbitamente, una lluvia de objetos
provenientes de un satelite recien lacerado provocará que el transbordador
quede completamente destruido, matando a gran parte de sus tripulantes y a
otros dos dejándolos a la deriva.
A partir de este momento
Gravedad se convierte en la lucha incesante de dos seres humanos por
sobrevivir y burlar una inminente catástrofe: la muerte. Desafortunadamente,
como en mucho del cine comercial, el trato superficial queda de manifiesto en
la parte drámatica. Se nos dice que Bullock perdió a una hija, presuntamente
para que empaticemos más con ella, acaso para que entendamos el porqué de sus
reacciones venideras. Pero esto jamás se desarrolla en su totalidad. Cuarón
apuesta por una experiencia sensorial más que drámatica. Por esto, la constitución
de su película está cimentada en el thrill,
en la emoción más visceral posible, aquello que algunos llamarían sobresalto y
que es el elemento fundamental de las películas de acción. ¿Pero como conectar
con un personaje del cual sabemos muy poco o nada? Si Cuarón ha decidido
prescindir de cualquier flashback o recuerdo, queda claro que es por lo poco que
le importan los aspectos biográficos de sus personajes, en cambio sí le importa
generar una sensación de desolación, de pequeñez frente al infinito, a la nada.
Sin embargo, todo ese virtuosismo vanguardista —el extraordinario
uso del lenguaje cinematográfico, la deslumbrante cámara, los efectos, el uso del 3D— ayuda poco por
nuestra imposibilidad de conectar con los personajes, con la parte humana del
filme. La espectacularidad termina diluyéndose porque deviene en repetición: Clooney
y Bullock son dos guiñoles paseándose elegantemente por el espacio, sorteando
toda clase de peligros, pero sin producir ningún tipo de emoción. No se trata
de un problema de dirección, es la arriesgada apuesta de Cuarón o, si se quiere
ver desde otro punto, de una muy floja escritura de guión. El reto no era poca
cosa: filmar el espacio de la manera más real posible. Si Cuarón pretendía
hacer un tratamiento realista del espacio, lo logró. Como antropólogo, digámoslo
así, se quedó a años luz.






