miércoles, 23 de octubre de 2013

Gravedad




Mi entusiasmo no podía ser mejor cuando descubrí que (Alfonso) Cuarón filmaba una película que acontecía en el espacio; considero que sus películas por lo menos la mitad de su filmografía son notables y es, por mucho, el mejor de los llamados “three amigos”. Children of Men es indiscutiblemente una obra mayor y su trabajo con Emmanuel Lubezki debe ser uno de los más fructíferos en la relación director-fotográfo que yo recuerde en la actualidad (basta con desmenuzar cada uno de sus trabajos y atestiguarlo por uno mismo). Por ello, la expectativa de Gravity era enorme: el trailer emocionaba y ya nos adelantaba ese virtuosimo técnico tan común en la mancuerna Cuarón-Lubezki.

Como había sido anunciado en los precoces reportajes de algunos blogs norteamericanos, la película abre con un plano larguísimo de diecisiete minutos; se trata de un accidente en un transbordador espacial que sirve tanto como motor narrativo de la historia, como para hacer un impresionante despliegue estilístico. El plano es hermoso estéticamente: la Tierra en el fondo señorea a una tripulación que realiza un ajuste técnico a su nave, mientras la ¿jugetona?, ¿anárquica?— cámara de Lubezki pasea libremente por el espacio, esta vez en su sentido más literal. La fascinación es inmediata aunque dispar; el momento preciocista contrasta con la futilidad de los dialogos: Clooney habla en un tono cándido rozando la caricatura sobre sus experiencias adolescentes (una huída en un automóvil, una anécdota en el mardi gras), mientras Bullock hace una reparación de rutina. La relación que existe entre ambos parece concernir al plano estrictamente de lo laboral (algo aparantemente irrelevante, pero fundamental para entender una de las flaquezas del filme). Una llamada desde Houston anuncia que aborten la misión y, súbitamente, una lluvia de objetos provenientes de un satelite recien lacerado provocará que el transbordador quede completamente destruido, matando a gran parte de sus tripulantes y a otros dos dejándolos a la deriva.

A partir de este momento Gravedad se convierte en la lucha incesante de dos seres humanos por sobrevivir y burlar una inminente catástrofe: la muerte. Desafortunadamente, como en mucho del cine comercial, el trato superficial queda de manifiesto en la parte drámatica. Se nos dice que Bullock perdió a una hija, presuntamente para que empaticemos más con ella, acaso para que entendamos el porqué de sus reacciones venideras. Pero esto jamás se desarrolla en su totalidad. Cuarón apuesta por una experiencia sensorial más que drámatica. Por esto, la constitución de su película está cimentada en el thrill, en la emoción más visceral posible, aquello que algunos llamarían sobresalto y que es el elemento fundamental de las películas de acción. ¿Pero como conectar con un personaje del cual sabemos muy poco o nada? Si Cuarón ha decidido prescindir de cualquier flashback o recuerdo, queda claro que es por lo poco que le importan los aspectos biográficos de sus personajes, en cambio sí le importa generar una sensación de desolación, de pequeñez frente al infinito, a la nada.

Sin embargo, todo ese virtuosismo vanguardista el extraordinario uso del lenguaje cinematográfico, la deslumbrante cámara, los efectos, el uso del 3D ayuda poco por nuestra imposibilidad de conectar con los personajes, con la parte humana del filme. La espectacularidad termina diluyéndose porque deviene en repetición: Clooney y Bullock son dos guiñoles paseándose elegantemente por el espacio, sorteando toda clase de peligros, pero sin producir ningún tipo de emoción. No se trata de un problema de dirección, es la arriesgada apuesta de Cuarón o, si se quiere ver desde otro punto, de una muy floja escritura de guión. El reto no era poca cosa: filmar el espacio de la manera más real posible. Si Cuarón pretendía hacer un tratamiento realista del espacio, lo logró. Como antropólogo, digámoslo así, se quedó a años luz.

jueves, 3 de octubre de 2013

Titanes del Pacífico



A del Toro puede acusársele de ser beneficiado por una condescendencia patriotera de la que pocos directores mexicanos han gozado. El jaliciense señorea los referentes de la cinematografía nacional sin siquiera haber dirigido una gran película, cosa que otros —Cuarón, Reygadas, González— han hecho. La confianza que cierta parte de Hollywood le ha depositido ha contribuido a conferirle un estatus de genio, incluso su inconfundible figura regordeta y de lentes. Pero siendo sinceros, ¿es Guillermo del Toro un buen director? Sus películas no suelen salirse de lo común en la mayoría de los casos, aunque innegablemente tienen retazos redimibles que lo implican con cierta vena autoral. De toda su obra, solo El laberinto del fauno (2006) parece mostrar una visión autoral única; el resto es una maraña de guiños estilísticos y temáticos algo dísimiles que parecen conducir a un lugar en común: la monstruosidad o bien, la excentricidad en todas sus formas (ya sean monstruos lovecraftianos, fantasmas, vampiros, o demonios intrépidos). No es de sorprenderse que su nueva película sea un homenaje al kaiju —o el cine japonés de monstruos gigantes—, un subgénero tradicionalmente soso pero con posibilidades infinitas, según queda demostrado en Titanes del Pacífico (2013). 

Donde Titanes se diferencia de películas recientes como Transformers (2007) es en el tratamiento serio —mas no sofisticado— que el director le concede al tema. Mientras Michael Bay es un mercadólogo preocupado por la pirotecnia más que por sus personajes, Del Toro balancea hábilmente la parte humana con la parte lúdica, específicamente de las reglamentarias escenas de acción. Esta quizás es la clave para entender por qué funciona tan bien el filme; el correcto entendimiento que el director —un confesado nerd— tiene sobre el tema: una loca admiración por el cine anime, patente en prácticamente toda la película. Jamás se escatima en el pastiche aunque tampoco se cae en el exceso tarantiniano. Titantes del Pacífico es esencialmente una película posmoderna, una astuta unión entre varios subgéneros para crear algo diferente, así sea algo tan habitual como un blockbuster veraniego. 

Después del ágil prólogo se nos plantea el conflicto: una fisura ha abierto un portal tridimensional en el océano Pacífico, dando entrada a los Kaiju, monumentales monstruos que arrasan todo a su paso. Para combatirlos, los humanos han creado a los Jaegers, enormes robots tripulados por dos humanos. Aquí se encuentra la clave humana del filme, posiblemente tomada del aspecto, por mucho, más seductor de la serie Evangelion (1995-1996): ese juego emocional necesario para pilotear al autómata; en el caso japonés, la inestabilidad; en el norteamericano, el rapport. Raleigh (Charlie Hunham) y Mako (Rinko Kukchi) serán los encargados –ambos atormentados por un pasado violento- tanto de hacer frente a los kaiju junto con otros jaegers cosmpolitas, como de sostener el pathos de la película, especialmente cuando se prescinde de las batallas alienígenas.Otras sencillas subtramas con dos bobos científicos —Geiszler y Gottlieb— (influenciados por los robots de Lucas más que por los personajes de Kurosawa); una pareja filial acomplejada —Chuck y Max—; y el solemne comandante Stacker (Idris Elba), crean el balance adecuado con el universo extraterreste que se plantea. Ese balance entre la parte dramática y juguetona del que ya hablaba. Simbiosis aparentemenete sencilla pero carente en la mayoría de los experimentos veraniegos, por lo general inclinados hacia la parte más mercantil: las tan recurridas explosiones.

Las escenas de acción están ejecutadas con precisión, al contrario del desorden montajístico que suele imperar en los filmes de acción reciente (cortes cada dos segundos). Kim Jee-Woon ya nos había enseñado con The Last Stand (2012) —la última película de Schwarzenegger— que, hasta una película con pocas pretensiones o con un argumento naif, puede legitimizarse de estar tratado con perspicacia. Qué decir de Pacific Rim, un sueño húmedo nerd, gestado con inteligencia y ambición, pero sobretodo… con muchísimo amor.