Tardes de soledad.
Tal vez sea posible afirmar que en la inminente desaparición de la tauromaquia —y en su airado desprestigio— están aglutinados algunos de los movimientos sociales y estructurales más importantes de nuestro siglo: no solo el activismo animalista, sino también la sombra de la lucha feminista. Las corridas de toros habitan en las antípodas de estas luchas, en un espacio decimonónico y encanecido que representa la antítesis del feminismo y el animalismo. El toreo encarna la instrumentalización de la naturaleza por parte del hombre, es decir, un divertimento cruel y amoral, tan escandaloso como insultante para los defensores de los derechos animales y ambientales. Además, constituye una representación práctica del mundo hípermasculino y patriarcal que el feminismo detesta y combate.
Que Albert Serra, un denotado polemista —famoso por sus declaraciones incendiarias, alguna vez se autoproclamó el mejor director del mundo, en otra ocasión pidió que los miembros de la Academia fueran enviados a la prisión de Guantánamo— haya elegido un tema como este, un tópico sobre el que, tras décadas de debate, parece finalmente haberse alcanzado un consenso —la creencia que el toreo es asunto del pasado—, resulta coherente con la forma en como Serra ha edificado su persona a lo largo de los años, cultivando una imagen controvertida y realizando un cine de cariz provocador, a menudo concebido para espantar a las buenas consciencias, como en aquella secuencia urofílica de Liberté (2019).
Tardes de soledad, el nuevo largometraje documental de Serra, sigue al torero peruano Andrés Roca Rey a lo largo de una temporada en España —catorce corridas en total—. Serra, sin embargo, prescinde en sus imágenes de la subjetividad del matador. En las dos horas de metraje no hay entrevistas a cámara, ni voces en off, ni ningún tipo de escenificación tramposa o biográfica que busque distanciarse del mundo taurino —no estamos en Torero (1956) de Carlos Velo, acaso la película que mejor ha retratado los sinsabores de los diestros—. Los pocos lugares que vemos consisten en los diferentes escenarios que los toreros transitan —¿o penan?— antes de torear: el hotel, el trayecto del hotel a la plaza, el ruedo en toda su literalidad, y el trayecto de regreso de la plaza al hotel.
A Serra no le importa la vida privada de Roca Rey, tanto como el universo que este habita: un cosmos hípermasculino, con no poca carga homoerótica, donde solo se discurre de corridas de toros a través de loas hiperbólicas y achaques de virilidad —“tener cojones”—. Todo lo que pudiera resultar más atractivo para el aficionado neófito —el folklorismo, los pasos dobles, y el júbilo del público— es cercenado en pos de un bien mayor: un retrato limpio, impúdico, de lo que Serra cree que emana verdaderamente del toreo. En este sentido, Tardes de soledad es una película monovarietal: un filme sobre la tauromaquia que resulta más taurino que cualquier documental apologético sobre toros.
Al aislar a Roca Rey con lentes telefoto de los aficionados —no vemos ni un atisbo del público—, abandonándolo ante la posibilidad de la muerte, el espectador de cine renuncia a la mirada lúdica del toreo, a esa concepción del ritual como simple espectáculo —un deporte frívolo, que no un arte— celebrado únicamente para matar el aburrimiento. Lo que Serra busca que veamos en pantalla es la dimensión artística, mítica y paradójica de la fiesta: esa lucha arcaica que es, al mismo tiempo, danza macabra, y ballet dialéctico, tan hermosa como execrable.
Estamos ante la visión de un esteta, un artista que privilegia la belleza sobre la moralidad, y los atributos plásticos sobre los éticos. Un cineasta que desoye olímpicamente el zeitgeist de su época para erigir una mirada anacrónica, atemporal y, por tanto, subversiva. Si consigue que accedamos a esta dimensión mítica se debe gracias a los logros formales de la película —el uso extraordinario del sonido en el fuera de campo, la hermosa saturación del color, la elegante elección del encuadre, etc—, sumados a la elección de su protagonista.
La decisión de filmar de Roca Rey no es menor, ni aleatoria, ni pasa solamente por su talento. Roca Rey, a diferencia de muchas otras figuras del toreo, tiene un rostro que irradia dulzura: es un niño dotado, un principito valiente de la muerte, cuya imagen facilita inducir el pathos en el espectador, y generar justo eso que Serra persigue obsesivamente a lo largo del documental: encender una contradicción. Desde los primeros minutos presenciamos estas discordancias: las facciones exquisitas del peruano contrastan con el traje de luces cubierto en sangre; el timbre suave en la camioneta, desafina con los sonidos belicosos al momento de ejecutar la faena; la sonrisa tímida en el hotel, desentona con la precisión homicida al blandir el estoque. Serra, como el buen polemista que es —un auteur terrible total— adora estas contradicciones y mama de ellas. ¿Por qué otra razón elegiría Serra un tema como la tauromaquia, sino es para agitar el avispero? ¿Existe hoy en día ritual más contradictorio que una corrida de toros?
El largometraje no se ahorra las imágenes violentas, sino que las enfatiza con close-ups: el banderilleo, los descabellos, las puyas clavándose en el lomo del animal, la agonía final del toro, etc. Que estas imágenes crudísimas nos resulten digeribles no se debo solo a su belleza congénita, sino a que Serra ha evitado cualquier tipo de distracción —el filme está a años luz de ser un panfleto taurino o antitaurino—, gracias a la ya mencionada decisión de despojar a las corridas de sus adeptos. Así, rehúye el morbo y las lecturas políticas simplistas, logrando encapsular el mito —el hombre contra la naturaleza— al centrarse en la esencia de la fiesta brava y definirla tal cual es: una actividad híperviolenta, salvaje, incluso barbárica, si se quiere, pero paradójicamente hermosa. Una disciplina liminal donde convergen Eros y Tánatos; las pulsiones de vida y muerte; la fuerza creadora del arte y la fuerza destructiva de la espada.
Tardes de soledad, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 2024, es “Cine Rostro”: un cine de búsquedas estéticas que apuesta por los semblantes de los personajes para excavar en su psicología, y que realizadores como Véréna Paravel y Lucien Castaing-Taylor han desarrollado brillantemente en obras como Caniba (2017) —sobre el antropófago japonés Issei Sagawa—. Serra, al igual que el dúo antes mencionado, concibe el rostro humano como una cartografía explorable y compleja, un territorio del cual pueden emerger las más diversas emociones. El rostro es lienzo, carne donde habita la compasión, pero también donde puede irrumpir la abyección. Y es precisamente en los rostros donde reside la fuerza nuclear y emotiva de Tardes de soledad. No solo en el rostro espantado y machacado del toro moribundo frente al umbral de la muerte —como cabría esperar—, sino también en las expresiones del perpetrador. En los elegantes emplazamientos frontales de Roca Rey en la camioneta anida algo terrorífico y conmovedor: los heraldos negros, las pulsiones de muerte y de ideación suicida que todos los humanos tenemos. Desde el animalista más casto hasta el asesino más sádico. No es poca contradicción.
Ariel Gutiérrez Flores.