miércoles, 8 de septiembre de 2010
El Atentado
El Atentado
Dir: Jorge Fons
Llegué a ver el atentado cinematográfico de Jorge Fons tres días después de su estreno nacional en salas comerciales. Me percaté al llegar que el costo del boleto se había abaratado considerablemente con respecto al resto de las funciones comunes (sesenta y tres pesos el costo estándar y cincuenta pesos el de El atentado). Asumí, entonces, que se trataba de un último intento por parte de los exhibidores y el Instituto Mexicano de Cinematografía por tratar de rescatar la inminente defunción del cine nacional, rescatar algo de la competencia desigual que azota al cine nacional desde la firma del TLC y que los exhibidores han tenido a bien en agravar—aunque la cara que muestren sea otra: la de empresas caritativas, preocupadas y fieles a la problemática del cine mexicano actual.
Patético intento de dignificación o no (en vísperas de la celebración del bicentenario) la película más cara de la historia del cine mexicano (ochenta millones de pesos) había logrado convocar (de un aforo de doscientas personas) solamente a tres personas, a tres días de su estreno comercial. Desértica sala capitalina y cruel realidad. De las tres personas que nos aventuramos en la sufrida experiencia, solamente yo me quedé a terminar que la película finalizara. Los otros dos asistentes (curiosamente, León Laurregui: rockstar mexicano acompañado de su nueva conquista) se dedicaron a soltar carcajadas involuntarias durante los primeros minutos para después dedicarse a pegarse un tremendísimo faje hasta que decidieron abandonar la sala.
Este suceso, sintomática revelación o asunto tristemente cotidiano, me permitió ser testigo –una vez más- de los desaciertos en las campañas publicitarias del cine nacional. En las erradas y fallidas apuestas a cargo de IMCINE (favoritismo absoluto, pregúntenle a Cazals), pero sobretodo, del claro envejecimiento —como cineastas— que comienzan a presentar los directores mexicanos que prosperaron en la época de los setentas: grandes artistas, rebajados hoy al triste y lapidario calificativo que suele imputársele al artista que pierde todo tipo de frescura y originalidad: cineasta dinosaurio. El Síndrome Leduc. ¿El Síndrome Ripstein? El Sindrome Fons.
Pseudo-thriller jurásico basado en el enmarañamiento novelístico de Álvaro Uribe, El Atentado comienza más o menos así. Un grupo de cómicos satirizan al presidente Díaz (Arturo Beristaín) ante el alboroto orgásmico de la multitud. Mientras tanto, dos tipejos tratan de persuadir a un borrachín (Chema Jazpik) de asesinarlo. Federico Gamboa (Giménez Cacho) le practica –ferozmente- sexo oral a una misteriosa mujer (Irene Azuela) prometida de uno de los tipejos (Julio Bracho), a su vez ex amante del borrachín y ex compañero de Gamboa en la universidad. El borrachín acepta, falla el atentado al Presidente Díaz y… un romántico periodista (José María de Tavira) decide investigar el caso. Distintos puntos de vista de un mismo suceso: el atentado a Porfirio Díaz.
Fallido intento por retomar la virtuosa narrativa de Akira Kurosawa, en Rashomon (1951), que en poco se parece a la mexicana, pero que sí logra compartir algunas similitudes narrativas. En ambas se nos presentan sucesos específicos: una violación, un atentado, que son trastocados cuando nos enteramos de la subjetividad del relato. Sabemos que el público no será premiado con respuestas porque ni siquiera existen, y si existen, ni el guionista ni el director las saben. Sin embargo, esto no resulta del todo pernicioso –por lo menos en Rashomon- puesto que conforme avanza el relato, nuestras pretensiones detectivescas crecen, tal vez victimarias de una extraña fascinación por la imparcialidad del relato. Cada punto de vista envuelve de interés a la historia. Nos hemos enamorado de la historia porque nos resulta interesantísimo tratar de elegir una visión, lo resulta por un momento porque al final optamos por la crónica, inventamos una visión general de la misma, porque resultaría doloroso discriminar cualquier visión.
Esta contradicción perceptiva es insuficiente para volver, ya no digamos fascinante, siquiera atrayente, la débil narrativa de El atentado, que difiere estructuralmente a la de la película japonesa. Kurosawa divide su película en tres partes, cada una representa una visión, diferenciación guía, que impide cualquier eventualidad confusa en el espectador. No hay una revoltura de narrativas, lo que permite mostrar una visión más clara y por tanto, fascinante. En El Atentado encontramos, por el contrario, narrativas entremezcladas con revolturas de flashbacks y de futuros inmediatos. Es difícil entender lo que sucede cuando existe un abandono en los personajes. Si alguna línea narrativa comienza a interesarnos partimos a otra y así sucesivamente. El espectador no intentará ni realizará el mínimo esfuerzo en empatizar con alguna historia, el espectador intentará reconstruir —en el mejor de los casos— los acontecimientos presentados. Perdido, no encontrará jamás a la historia. Ésta, desperdiciada en su “volada” narrativa, renuente a aterrizar. Letal problema, que podría tener su base en el (otra vez anacrónico) guión de Leñero, firmado por él mismo y Fons, o en la torpeza con la que está editada, posible necedad de los productores y director.
Si bien son indudables las cualidades direccionales de Fons (dirección de actores), su envejecimiento como cineasta es patente en, digamos, su desalmada percepción del suceso. El lenguaje de la película –estrictamente académico- se desgasta con prontitud y aburre sobremanera, júbilo a la teatralidad. Visión romántica del cine de oro mexicano bastante obsoleta. Desinterés por la historia misma: ni la figura de Díaz se salva. Todo parece estar contado, dícese en el argot mexicano con algo de güeva, que se extrapola a nuestra acogida.
Notable retroceso frente a Arráncame la Vida (Sneider, 2008) última película mexicana de época que, a pesar de no ser una excelente película, sí contaba con un importante trabajo de producción, que cumplía los estándares de calidad de muchas producciones extranjeras. Existía un minucioso cuidado estético en cada detalle, notable fotografía y diseño de arte, además de un acierto en la elección de locaciones. Por el contrario, la propuesta estilizada de El atentado resulta contraproducente dramáticamente hablando. Llega a tal el punto el nivel de barroquismo que resulta imposible no distraerse por los fondos que adornan la mayoría de las escenas: el error está en la combinación de escenarios reales con ficticios. Los fondos restringen la tensión, distancian y hasta provocan una que otra risa cuando se evidencian errores técnicos (una ráfaga de aire provoca que todo se mueva repentinamente): entonces la idiosincrática mexicana se asoma. Nuestra incredulidad nos lleva a las más terribles teorías: ¿dónde están los ochenta millones de pesos invertidos?
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