De todas las especulaciones respecto a la Segunda Guerra Mundial y los posibles escenarios finales, la reunión de Goebbels y Fritz Lang es uno de las más interesantes. No sólo por la mítica que rodea a ambas figuras, sino también por las funestas implicaciones que pudo haber traído.
Goebbels era el ministro de propaganda del tercer reich y Lang uno de los directores más importantes de Alemania. Al
cineasta le parecía una reunión ídonea para intentar revocar el veto que sufría
su última película, para el célebre demagogo era la ocasión perfecta para
ofrecerle el control del cine alemán.
Lang, supuestamente, le hizo saber a
Herr Goebbels sobre su herencia judía y éste le respondió: “Nosotros
decidimos quién es judío”. Lang se horrorizó con la frase y después de la junta
huyó a Paris. ¿Qué hubiera sucedido si Lang hubiera aceptado?¿Hubiera dirigido
películas para el tercer reich? De
haberlo hecho, su contribución no hubiera repercutido políticamente. ¿O sí? Su
inexorable talento pudiese haber ayudado a propagar por el mundo el
antisemitismo. ¿El legado del cineasta sería cuestionado hoy día? ¿Metrópolis
hubiera envejecido dignamente?
Las respuestas jamás las tendremos, y eso se debe a algo admirable: las
convicciones políticas del cineasta fueron lo suficientmente sólidas. Las de
muchos otros de la época no necesariamente lo fueron. Muchos se quedaron en
Alemania y decidieron colaborar: Thea Von Harbou, ex esposa de Lang, sigió
colaborando para el régimen como escritora; Emil Jannings, primer ganador del Oscar
a mejor actuación, decidió quedarse y seguir actuando; G. W. Pabst filmó dos
películas bajo la orden de Goebbels.
De haberse quedado, probablemente Lang hubiera sido un referente del
cine de propaganda en la actualidad, al lado de nombres como Leni Riefestahl. Si decidió huir fue porque intuyó el
advenimiento de dos eventos terroríficos: la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
La fuga de cerebros fue una constante durante la década de los treintas.
Quizás los americanos pueden afirmar que Hitler es por antonomasia la máxima representación
humana del mal, pero también pueden decir, sin avergonzarse, que el dictador
fue uno de los grandes contribuidores de la industria hollywodense. Esta
peculiar frase puede sonar escándalosa. Sin embargo, es innegable que algunos
países se beneficiaron de las desventuras de otros. México, por ejemplo, mamó
del exódo español provocado por la guerra civil, factor determinante en el
desarrollo del arte nacional en el siglo XX.
Muchos fueron los que emigraron al Nuevo Mundo. El mismo Fritz Lang
terminó haciendo westerns y películas
noir para la MGM, los menos
afortunados terminaron conduciendo taxis, otros dirigiendo churros de serie B.
La historia es inamovible, pero como ejericico lúdico, tratar de alterar
el curso de la misma, puede ser divertido, a veces aterrador. Tratemos de volver
al pasado e imaginemos nuevamente qué hubiera sido en la historia del cine si
uno de sus máximos artistas hubiera colaborado abiertamente con los nazis. Dentro
de la inmensidad de la guerra, la decisión del cineasta se antoja diminuta —incluso
banal si se considera que durante aquella época se tomaron miles de decisiones
de mayor envergadura todo el tiempo—, pero si pensamos en el “efecto mariposa”
o incluso lo ignoramos, la decisión de Lang no fue cosa sencilla. Godard,
declarado admirador del director y distinguido comunista, probablemente no lo
hubiera invitado a hacer el cameo que tiene en El desprecio (1963). ¿Los críticos del Cahiers du cinema hubieran analizado las películas nazis de Lang? Si
algo es seguro es que, de haber aceptado la propuesta, el cineasta teutón no
hubiera filmado ninguna película en Estados Unidos y esto habría repercutido
directamente en la nouvelle vague y con ello, la mayoría de los movimientos
cinematográficos de segunda mitad del siglo XX hubieran sufrido también un
cambio sustancial. ¿O no? Todo en el peso de una decisión. Y que más allá de las
fundamentaciones o motivaciones étnicas (Lang era cátolico, sus abuelos judíos)
la importante sentencia parecía venir de una mera cuestión de juicio, razón que
por cierto, no todos pueden jactarse de tener. Después de todo, la lista de
artistas colaboradores con régimenes fascistas es lo suficientemente grande
para inquietarse, por citar algunos ejemplos: Céline y José Vasconcelos.
Descartes decía que la razón es la única cosa que nos distingue de los
animales, pero ¿ cómo explicar entonces el genocidio nazi o el ruandés, gestado
en vísperas de un nuevo milenio? Los humanos somos seres irracionales, alimentados
por las mismas pulsaciones salvajes que afectan a la mayoría de los animales ¿Por
qué creer que Lang no hubiera sucumbido ante los jugosa oferta de Goebbels? Tener
el control de una industria fílmica no es una oferta que se haga dos veces. Viajar
a un país desconocido, con un lenguaje distinto y sin ningún centavo —Lang intentó
retirar su dinero del banco, pero éste se encontraba cerrado— no es una
decisión fácil de tomar.
Negarle al director el crédito por la relevancia de su decisión sería
una necedad. Habría que estar ahí parados nerviosamente frente a Goebbels y
rechazar la prupuesta del Führer. Una mínima fracción de la historia pudo haber
cambiado aquel día en ese siniestro despacho. ¿Hablamos solamente de un legado
cultural? Ahora supongamos que Hilter se hubiera retractado de invadir Rusia,
movimiento determinante para su derrota en la guerra. ¿Y si los Estados Unidos
no hubieran intervenido? Palabras mayores. En efecto, la imaginación puede ser
un juego. A veces gracioso, a veces perverso.
Publicado en el Fanzine no. 40 (Noviembre, 2012)

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