miércoles, 21 de octubre de 2015

Qué difícil es ser un Dios




Al inicio de Qué difícil es ser un dios pueden verse un par de logotipos festivaleros que ornamentan y preceden elegantemente el filme; el más llamativo de ellos, el de Sitges —festival de corte fantástico y denotadamente popular por disparar la carrera de algunos directores de género—parece sugerir lo que vendrá en las casi tres horas de metraje. Sin embargo, la obra póstuma de Aleksei German pertenece a una cofradía inclasificable; es una película de otra época, de otro tiempo. Durante los primeros veinte minutos queda en claro que lo que está por verse poco tiene que ver con el cine de ciencia ficción tradicional. Las naves espaciales y los autómatas son aquí suplantados por las acciones ordinarias y abyectas del pueblo de Arkanar, una especie de planeta tierra alterno, empantanado en la Edad Media; no obstante, sobrevive en German esa visión pesimista y casi fatalista sobre la condición humana que suele caracterizar al género.

Dejando de lado este último punto —y ciertas reminscencias que pueda tener el filme con algunas obras recientes de Tarr y el cine soviético de los sesentas—, Qué difícil es ser un dios parece estar en las antípodas de la modernidad: es un autentica cinta sui géneris, prácticamente emparentada con la nada. Se trata —palabras más, palabras menos— de un largometraje completamente anacrónico; basta con escuchar la concepción lacónica, pero compleja del sonido y analizar la osada narrativa para darse cuenta. 

German antepone la sensorialidad sobre la trama y describe parsimoniosamente a los grotescos habitantes de Arkanar con una mirada antropológica precisa. Durante la totalidad de la película vemos como Don Rumata —el protagonista, un observador de la tierra— deambula entre la mugre y la peste; el sufrimiento y la barbarie. Destripamientos, ejecuciones y engendros desfilan incansablemente por la pantalla. Los diálogos dicen poco o nada. El guión relega cualquier diálogo explicativo o razonamiento filosófico; esa tarea parece endosada a los cinematógrafos. La cámara juguetona de Vladimir Ilin y Yuriy Klimenko se pasea desenvueltamente por el pueblo, describe con minucia a la población, penetra hasta el último recoveco y difícilmente se detiene para tomar un descanso. Existen pocos planos que den sosiego. Cada fotograma de la cinta está atiborrado de acciones que no parecen tener fin ni un principio. La experiencia, caótica, puede tornarse asfixiante y frustrante después de un rato. La repetición puede devenir en tedio porque difícilmente sabemos qué pasa con los personajes. Lo escatológico se repite hasta el hartazgo; dialelo incisivo. German ha filmado una película ambiciosa y en extremo demandante. Una auténtica rareza pesimista. 

La cinta tomó al director cerca de quince años de trabajo, los últimos de su vida (seis de rodaje y ocho de post-producción). Por ello no sorprende el virtuosismo estético del filme: cada plano, cada rostro —incluso cada sonido— parecen haber sido pensados quisquillosamente. Se trata de la obra final de un perfeccionista. El resultado final es una versión cinematográfica de un cuadro de Brueghel despidiendo hediondez y perversidad, pero no exentándolo de belleza. Basada en la novela de los hermanos Strugatsky —autores de picnic al borde del camino, adaptada magistralmente por Andréi Tarkovski con el nombre de Stalker— Qué difícil es ser un dios es una experiencia extenuante, pero que merece ser visitada. Schopenhauer, con su típico e indescifrable semblante germano, esbozaría una sonrisa de orgullo.

http://elfanzine.tv/que-dificil-es-ser-un-dios/

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