miércoles, 21 de octubre de 2015

THE LOFT




Desde hace años es patente la falta de originalidad en el cine hollywoodense. Sólo basta con mirar la cartelera para comprobarlo: la nueva película de Mad Max ocupa buena parte de la salas en exhibición; una nueva entrega de Jurassic Park está por estrenarse en un par de semanas; el reboot de los Cuatro Fantásticos y el remake de Poltergeist están programados para agosto y sus afiches engalanan desmedidamente las salas comerciales desde hace tiempo.

Queda claro que existe una crisis de ideas en la industria norteamericana, pero lejos de cualquier interpretación posmodernista que se pueda hacer, siempre estará el cinismo y la pereza que definieron a Hollywood desde su fundación. Es su sello característico. Ya lo dijo luminosamente el personaje del Señor Bernstein en el Ciudadano Kane: “Well, it’s no trick to make a lot of money… if all you want to do is make a lot of money”. It’s always about the money.

En 2014 se estrenaron veintidós películas provenientes de guiones originales de un total de ochenta y nueve cintas producidas (a diferencia de las sesenta que se estrenaron en 1994). Dentro de este contexto resulta deprimente acercársele a un refrito europeo, sobretodo tomando en cuenta algunos resultados fallidos de los últimos años (13, El experimento, Vanilla Sky, por poner tres ejemplos). Si la idea de ver el remake de Loft (Bélgica, 2008) me entusiasmaba era por un detalle que no es poca cosa: tanto la versión belga como la americana contaban con el mismo director. ¿Cómo filmar una historia que ya se ha filmado? ¿Qué dejar? ¿Qué cambiar? ¿Qué hacer cuando se tienen mayores recursos? Mayores posibilidades económicas pueden ayudar a materializar ideas antes inasequibles, pero esto también puede obrar como un arma de doble filo: ciertas imposiciones y restricciones creativas, incluso censura. El cine, se sabe, siempre ha sido un arte autoritario. La libertad creativa parece reservada sólo para unos cuantos.

Erik Van Looy optó por hacer una calca de su película original, salvo por algunos cuantos tecnicismos: El penthouse está rodada en inglés y cuenta con un reparto norteamericano en su mayoría (Karl Urban, James Marsden, Wenthworth Miller, etc). Algunos nombres de los personajes y situaciones cambian (un viaje a Düsseldorf es ahora un viaje a San Diego, uno de los personajes cambia el vodka por el whisky), pero el guion permanece prácticamente intacto. Los diálogos son los mismos, incluso los chistes e insultos. Lo mismo sucede estilísticamente; los encuadres y movimientos de cámara se repiten.

¿Por qué rehacer una película abusando de la literalidad? Tal vez Van Looy quería “blindar creativamente” su película como hiciera Haneke con Funny Games (2008), o tal vez la decisión corresponda a una inclinación más narcisista: el director estaba satisfecho con el producto original y sólo quería trasladarlo a un idioma más mercantil. En todo caso, si Loft  ya adolecía de problemas, en El Penthouse parecen sobredimensionados por varios miscasts (particularmente en la elección de Eric Stonestreet como un macho lujurioso). Es en el reparto y no en la inverosimilitud y los hoyos argumentales —patentes a lo largo de la película— donde se encuentra la mayor falta de la cinta. Resulta impensable creer que los cinco protagonistas son mejores amigos de hace tiempo. No parece haber nada ni alguien que los ate, salvo el penthouse que comparten para engañar a sus esposas y el crimen en el que están envueltos.

El penthouse utiliza las características típicas del thriller (interrogantes, giros de tuerca ad nauseam, sobremusicalización) pero sin llevarlas muy lejos ni explotarlas del todo. El afiche prometía que se trataba de un thriller cargado de erotismo, pero el resultado es pudoroso, más cercano a la mogijatería de una telenovela de las nueve que a una película de Verhoeven o De Palma. Después de todo se trata de un melodrama que parece muy cómodo en asumirse como tal. Los adúlteros, los drogadictos y los perversos son castigados; aquellos que creen en el amor —aunque también adúlteros— tienen una posibilidad de redención final.


Van Looy ha filmado un thriller formulaico, soso y en clave moralina, acaso entretenido en su inicio, pero deslucido por las inconsistencias narrativas y una innegable disparidad en los registros actorales (no existe rapport entre ninguno de los actores). Existe, sin embargo, un aspecto luminoso y redimible en el filme: Matthias Schoenaerts. La expresividad en el rostro del belga, poderosísima, es rara de encontrar hoy en día, por eso no sorprende que haya sido el único actor en participar tanto en la cinta original como en el remake.  Su personaje, Philip, el más oscuro y atormentado del relato, despide un ligero tufillo al Jacky Vanmarsenille de Bullhead (Roskam, 2011), uno de los personajes más memorables y patéticos del cine reciente. Si cada fotograma de la extraordinaria Bullhead arrojaba un halo de patetismo y fascinación, en El penthouse sólo encontramos aburrimiento y fatiga, todo lo contrario de lo que se espera de un thriller dominguero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario