Desde hace años
es patente la falta de originalidad en el cine hollywoodense. Sólo basta con mirar la cartelera para
comprobarlo: la nueva película de Mad Max
ocupa buena parte de la salas en exhibición; una nueva entrega de Jurassic Park está por estrenarse en
un par de semanas; el reboot de los Cuatro
Fantásticos y el remake de
Poltergeist están programados para agosto y sus afiches engalanan
desmedidamente las salas comerciales desde hace tiempo.
Queda claro que
existe una crisis de ideas en la industria norteamericana, pero lejos de
cualquier interpretación posmodernista que se pueda hacer, siempre estará el
cinismo y la pereza que definieron a Hollywood desde su fundación. Es su sello
característico. Ya lo dijo luminosamente el personaje del Señor Bernstein en el
Ciudadano Kane: “Well, it’s no trick to make a lot of money… if all you want to
do is make a lot of money”. It’s always about the money.
En 2014 se
estrenaron veintidós películas provenientes de guiones originales de un total
de ochenta y nueve cintas producidas (a diferencia de las sesenta que se
estrenaron en 1994). Dentro de este contexto resulta deprimente acercársele a
un refrito europeo, sobretodo tomando en cuenta algunos resultados fallidos de
los últimos años (13, El experimento, Vanilla Sky, por poner tres ejemplos). Si la idea de ver el remake
de Loft (Bélgica, 2008) me
entusiasmaba era por un detalle que no es poca cosa: tanto la versión belga
como la americana contaban con el mismo director. ¿Cómo filmar una historia que
ya se ha filmado? ¿Qué dejar? ¿Qué cambiar? ¿Qué hacer cuando se tienen mayores
recursos? Mayores posibilidades económicas pueden ayudar a materializar ideas
antes inasequibles, pero esto también puede obrar como un arma de doble filo:
ciertas imposiciones y restricciones creativas, incluso censura. El cine, se
sabe, siempre ha sido un arte autoritario. La libertad creativa parece
reservada sólo para unos cuantos.
Erik Van Looy optó
por hacer una calca de su película original, salvo por algunos cuantos
tecnicismos: El penthouse está rodada
en inglés y cuenta con un reparto norteamericano en su mayoría (Karl Urban,
James Marsden, Wenthworth Miller, etc). Algunos nombres de los personajes y
situaciones cambian (un viaje a Düsseldorf es ahora un viaje a San Diego, uno
de los personajes cambia el vodka por el whisky), pero el guion permanece
prácticamente intacto. Los diálogos son los mismos, incluso los chistes e
insultos. Lo mismo sucede estilísticamente; los encuadres y movimientos de
cámara se repiten.
¿Por qué rehacer
una película abusando de la literalidad? Tal vez Van Looy quería “blindar
creativamente” su película como hiciera Haneke con Funny Games (2008), o tal vez la decisión corresponda a una
inclinación más narcisista: el director estaba satisfecho con el producto
original y sólo quería trasladarlo a un idioma más mercantil. En todo caso, si Loft
ya adolecía de problemas, en El Penthouse parecen sobredimensionados por
varios miscasts (particularmente en
la elección de Eric Stonestreet como un macho lujurioso). Es en el reparto y no
en la inverosimilitud y los hoyos argumentales —patentes a lo largo de la
película— donde se encuentra la mayor falta de la cinta. Resulta impensable
creer que los cinco protagonistas son mejores amigos de hace tiempo. No parece
haber nada ni alguien que los ate, salvo el penthouse que comparten para
engañar a sus esposas y el crimen en el que están envueltos.
El penthouse utiliza las características
típicas del thriller (interrogantes, giros de tuerca ad nauseam, sobremusicalización) pero sin llevarlas muy lejos ni
explotarlas del todo. El afiche prometía que se trataba de un thriller cargado
de erotismo, pero el resultado es pudoroso, más cercano a la mogijatería de una
telenovela de las nueve que a una película de Verhoeven o De Palma. Después de
todo se trata de un melodrama que parece muy cómodo en asumirse como tal. Los
adúlteros, los drogadictos y los perversos son castigados; aquellos que creen
en el amor —aunque también adúlteros— tienen una posibilidad de redención final.
Van Looy ha
filmado un thriller formulaico, soso y en clave moralina, acaso
entretenido en su inicio, pero deslucido por las inconsistencias narrativas y
una innegable disparidad en los registros actorales (no existe rapport entre ninguno de los actores).
Existe, sin embargo, un aspecto luminoso y redimible en el filme: Matthias
Schoenaerts. La expresividad en el rostro del belga, poderosísima, es rara de
encontrar hoy en día, por eso no sorprende que haya sido el único actor en
participar tanto en la cinta original como en el remake. Su personaje,
Philip, el más oscuro y atormentado del relato, despide un ligero tufillo al Jacky
Vanmarsenille de Bullhead (Roskam,
2011), uno de los personajes más memorables y patéticos del cine reciente. Si
cada fotograma de la extraordinaria Bullhead
arrojaba un halo de patetismo y fascinación, en El penthouse sólo encontramos aburrimiento y fatiga, todo lo contrario
de lo que se espera de un thriller dominguero.

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