martes, 7 de febrero de 2023

Historia portátil del cine punk: Hard Core Logo






Pocos géneros musicales tan rabiosos, sincréticos e incendiarios como el punk. Desde su

popularización —a mediados de los años setenta— el género le ha regalado voz a los

desvalidos, ha servido como un reducto de crítica social y, en algunos casos, hasta ha

servido para el más llano cachondeo. Es, invariablemente, el género soberano por

antonomasia. La filosofía que han predicado los caudillos punk desde su inicio, se ha

construido sobre un culto a la libertad, la doctrina del Do It yourself: ¨Hazlo Tú mismo”.

Esta idea, elogio a la libertad, ha difcultado la constitución de un cine genuinamente punk.

El quehacer cinematográfico, entendiéndose como una pantagruélica industria repleta de

jerarquías, pareciera atentar contra la quintaesencia de lo que el punk representa. El set, ya

se sabe, es un campo castrense alejado de cualquier razonamiento liberal.




Es por su misma naturaleza, que no podemos hablar de un cine punk, es decir, de un

subgénero cinematográfico —por lo menos en lo que a la ficción concierne —que se

adecúe a lo que el movimiento simboliza, y que además consiga amalgamar sus distintas

facetas. Si existe un cine punk, este pasa mayoritariamente por los valiosísimos documentos

históricos que existen, documentales que retrataron el movimiento desde su génesis, desde

el punk fundacional, pasando por el hardcore norteamericano de los ochentas, hasta la

época actual. Estos primeros documentalistas —muchos de ellos con más impetú que con

talento— sentían una nececidad, casi primaria, por retratar lo que sucedía a su alrededor:

los primeros toquines de The Clash, Johny Thunders, y Siouxsie an the Banshees en el

Roxy; los primeros pasos de los Ramones, Television y Patti Smith en el CBGB; las

revueltas en los barrios proletarios londinenses; y las modas callejeras que comenzaban a

surgir tanto en East Village (Nueva York) como en Camden Town (Londres). La mayoría

de estas producciones rayaban en el amateurismo, eran películas modestas hechas en

formato Super8 que buscaban emular el cinema verité (en esa época popularizado gracias a

los fantásticos documentales de Frederick Wiseman, Jean Rouch y sobretodo por los

hermanos Maysles).




Uno de los primeros documentalistas que se encargaron en retratar el movimiento fue Don

Letts, un disck jockey devenido en cineasta, que capturó a bandas icónicas en The Punk

Rock Movie; en ésta película se recogen —durante cien días— las actuaciones de grupos

británicos en el mítico club Roxy durante mil novecientos setenta y ocho: The Slits,

Generation X, The Heartbreakers, Sex Pistols et al. Un año antes, Wolfgang Büld, alemán,

filmó otro valioso documento histórico, acaso con mayor noción cinematográfica que Letts:

Punk in London. En la película de Büld, además de atestiguar a legendarias bandas tocando

frente a multitudes enardecidas, vemos a los jóvenes punks en las calles: realizando pintas,

hablando sobre lo tediosa que puede ser la música de Black Sabbath, lanzando algún

comentario político al aire.




Letts y Büld estaban maravillados con el estruendo de las guitarras, con las voces

iracundas, pero sobretodo con la autodeterminación que la mayoría de la música despedía:

Johny Rotten, por aquella época, en un momento de inusitada elocuencia, escupiría una

máxima que sería el estanderte de todo el movimiento: When there's no future, how can

there be sin?

Ambas películas contaban con registros significativos sobre una época tan contradictoria

como seductora, pero estaban más emparentadas con un reportaje televisivo, que con una

película como tal. Son filmes naifs, realizados por fanboys, y que olvidaban evidenciar, o

siquiera tocar someramente, cualquier contradiccion ideológica que, dicho sea de paso, el

movimiento ya denotaba.




Durante el mismo año, el setenta y ocho, Derek Jarman —que se convertiría después en

uno de los directores avant garde más populares del planeta— filmaba su segunda película,

Jubilee, tal vez, el primer filme punk de ficción como tal. La película, auténtica rareza

esquizofrénica, trata sobre el viaje de la Reina Elizabeth I al Londres de finales de los

setenta, plagado de caos, violencia, y personajes excéntricos. La película, protagonizada por

Adam Ant (vocalista de Adam and the Ants), es una crítica exótica al thatcherismo y a sus

métodos autoritarios, pero también una celebración de la cultura outsider, o bien, de la

otredad.




Si bien Jubilee estaba contextualizada durante el auge de la cultura punk, tocaba el tema de

manera periférica, con una mirada curiosa, fascinante, pero centrándose en otros temas,

quizá, más universales. La mayoría de las cintas punk venideras —durante los ochentas—

segurían el mismo modus operandi de las cintas británicas: el registro de un escena en

particular o el de una historia convencional situada en un contexto punk; Rock ‘n’Roll High

School (Allan Arkush, 1979), comedia musical chabacana engalanada con los cameos de

los Ramones; The Decline of Werstern Civilitation (Penelope Spheeris, 1981), retrato sobre

la escena punk californiana (célebre por Black Flag, Circle Jerks y X); la cinta de culto

Repo Man (Alex Cox, 1984); Sid & Nancy (1986), también de Alex Cox, mórbido filme

sobre la trágica vida del bajista de los Sex Pistols.




Sería hasta la década de los noventas cuando llegaría la primera gran película de ficción del

género, curiosamente, un falso documental: Hard Core Logo (Bruce McDonald, 1996). No

podía ser de otra manera: ¿no ha sido el documental, desde su fundación, el género

cinematográfico más libre de todos? ¿el más emancipado? ¿el que depende, en menor

medida, de un financiamiento económico? ¿el que retrata con mayor honestidad a los seres

humanos? ¿no es es documental la vía correcta para acercarnos a la esencia de lo que el

punk simboliza?




El falso documental (pseudodocumentary en inglés) se había popularizó por una comedia,

This is Spinal Tap (Rob Reiner, 1984), mockumentary —con esta cinta fue acuñado el

mote— que se se burlaba sobre los documentales musicales, propensos a obsesiones

triviales, sin embargo, el filme de McDonald, excluye burlarse de la forma y centra su

película en las propiedades coléricas del movimiento: las dudas existenciales, la furia

humana, la enajenación social.




La película de McDonald es un falso documental sobre un banda ficticia: Hard Core Logo.

La banda, oriunda de Vancouver, decide irse de gira después de cuatro años de separación.

La excusa perfecta es recabar fondos para un moribundo rockero, Bucky Haight. Durante el

tour sale a relucir la parte más infantil de todos los miembros, pero tambíen la más




primitiva: pelean hasta llegar a los golpes, se cagan en la van del tour, mean en las bebidas

de los otros, se emborrachan, se drogan, insultan a desconocidos, y hasta terminan

sacrificando a una cabra en un ritual lisérgico. La película es una elegía sobre una banda en

decadencia, aunque —como todas las grandes películas— flirtea con varios temas: la

hermandad, el impacto de la vejez, la hipocresía, el idealismo. McDonald mira con cierta

añoranza a la banda, pero no prescinde de la burla: Billy Talent, el guitarrista, dice en voz

en off: “why the hell are two grown men still calling themselves Joe Dick and Billy Talent?

When they gave themselves those names they were 16, 17. The question is, when do they

stop using them? Forty? Fifty Sixty?”. McDonald no ridiculiza a las bandas punk, aunque sí

evidencía su tufillo candoroso: los muestra idiotas, desorientados, contradictorios, pero

también vulnerables y amorosos. Si algo vuelve empáticos a los personajes, es su

fragilidad, la espontenidad de las actuaciones (característica primaria en el falso

documental, donde usualmente se improvisa para conseguir un mayor realismo). Hard Core

Logo nos muestra brillanemente la rabia, la oscuridad perenne e indescfifrable que permea

sobre cientos de músicos; el filme nos entretiene tanto como nos desconcierta. Joe Dick,

vocalista, es una bestia sin redención; John, el introvertido basjita, es un tipo al borde del

colapso; Billy, el guitarrista, acaso el más sensato de todos, es un tipo que mira con horror

como todos se dirigen hacia el precipicio junto con él: Pipe, el baterista, es un libidinoso sin

escrúpulos.

Existen otros ejemplos bastante encomiables sobre cintas punk (SLC Punk!, 1998; Control,

2007; ¡Somos lo mejor!, 2013), pero Hard Core Logo parece señorear el género. Si bien

McDonald se vale de ciertos arquetipos para erguir su relato, ha sido uno de los pocos

directores en filmar inteligentemente el enojo y las contradicciones de toda una generación

—como dice Crabs, uno de los personajes de Derek Jarman en Jubilee—: “This is the

generation who grew up, and forgot to lead their lives”.


@arielgtz

Ariel Gutiérrez Flores

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