Tampopo
Hace cuatro años escuché del ramen por primera vez. Fue en medio de una plática
trivial de esas que pululan cuando uno está vagabundeando en internet. La chica con
la que parloteaba —una chica animosa, rechoncha y de sonrisa accidentada, aunque
sobretodo guapa—lo sacó al tema cuando hablábamos de cine oriental. Yo, que
siempre me había jactado de ser un conocedor de la cultura japonesa, reaccioné
avergonzado al averiguar tardíamente que el ramen era uno de los platillos insignes
de Japón. No solo desconocía el caldo y su elaboración, sino también lo que se me
revelaría después como la quintaesencia de una cultura: el ramen es, en muchos
sentidos, un platillo que encarna el pensamiento japonés. Su popularización, en
épocas de la posguerra, nació de la necesidad de producir un alimento nutritivo y
económico que pudiera consumirse rápidamente para así aumentar la eficiencia de los
trabajadores. A partir de ese momento el plato adquirió un estatus de culto:
comenzaron a popularizarse los chefs que lo preparaban, se abrieron museos y se
dibujaron mangas. El ramen se sacralizó.
Meses después de mi conversación, en el desangelado barrio de Koto, pude entender
porque los japoneses se someten al platillo como si estuvieran cara a cara frente a una
divinidad: el ramen es una sopa alquímica; enrevesada y colorida; grasienta, pero
cortés —para muchos una aventura metafísica—. Un platillo al que se le profesa tanta
veneración tenía que tener una película. Juzo Itami, actor de algunos largometrajes
socarrones durante los sesentas, filmó uno de los más bellos homenajes que se hayan
hecho sobre el ramen y sobre la comida en general: Tampopo (1985).
La cinta, segunda en la carrera del director, comienza de manera disparatada: un
hombre con aspecto de mafioso (Koji Yakusho, actor fetiche de Kiyoshi Kurosawa)
entra a un cine con su distinguida amante (Fukumi Kuroda). La pareja se acomoda en
las butacas mientras sus esbirros les preparan una mesa repleta de pan, carnes frías y
champagne. El mafioso rompe la cuarta pared: se dirige hacia el lente de la cámara y
lanza una querella contra el público que engulle comida chatarra en el cine. Se escucha
el crujir de una bolsa de papas en las butacas traseras. El mafioso reacciona
violentamente hasta localizar al incauto espectador: “te mataré si vuelves a hacer un
ruido una vez que la película empiece”, le dice con voz amenazante. La escena, absurda,
sirve como manual de etiqueta, pero también para develar el carácter del director:
Itami es un satirista, un purista, acaso un romántico, ¿de qué otra manera se explica
que se haya tomado el tiempo de hacer una película sobre comida? ¡y pedirle a la
audiencia modales!
Este prólogo insólito, aparentemente intrascendente, contiene la esencia del filme: en
él está el estrafalario tono que permea a lo largo de la narración. Tampopo, la mayoría
del tiempo, es como un plato de shoyu ramen: es un filme gozoso, caótico y
predominantemente juguetón. Itami no vacila para obsequiarse concesiones: apenas
emerge el título de la película y cualquier escenario parece asequible. El director no le
teme a los esparcimientos narrativos ni a los formales. Si en el prólogo rompe la
cuarta pared, en la primera secuencia de la película nos zambulle en un engaño
metaficcional. En esta secuencia, exageradamente solemne, observamos como un
maestro le enseña a su discípulo el arte de comer ramen: el mentor le pide a su pupilo
que observe el tazón, aprecie los aromas, palpe la sopa, se disculpe con el cerdo, etc.
Como audiencia intuimos que estamos frente a dos personajes relevantes dentro de la
historia, para después descubrir que estamos siendo victimas de un engaño narrativo:
el maestro y el discípulo son en realidad producto de la imaginación de Goro (Tsutomu
Yamazaki, actor en Barba Roja, Kagemusha, et al), un trailero con fachada de John
Wayne y Gun (Ken Watanabe), su deslucido acompañante. Los dos traileros manejan
durante una noche lluviosa y se entretienen contándose historias. A partir de este
punto se desprenderá la historia principal: Goro y Gun, agobiados por las horas de
manejo y hambrientos por la parábola del maestro y su discípulo, se detienen en un
local de ramen. El lugar, modesto y descuidado, está repleto de tipos con mal aspecto y
una sonriente cocinera que lleva por nombre Tampopo (Nobuko Miyamoto, mujer de
Itami hasta el día de su muerte). La cocinera, delicada y bella, es una candorosa madre
soltera incapaz de preparar un plato decente de ramen. Los comensales lo saben y se
lo hacen saber: “¿por qué utilizas un naruto tan apestoso?”, “estás fuera de moda”,
“¿por qué mejor no renuncias?”. Goro, indignado por el maltrato, sale en defensa de la
cocinera: “¿Por qué no te callas?”, le dice al más quejumbroso de la clientela. La
discusión deviene en zafarrancho. Tampopo, conmovida, le implora ayuda al trailero:
“¡quiero convertirme en una verdadera cocinera!”, le dice agitada a la mañana
siguiente. El trailero, a pesar de su aspecto brusco, parece ser un intelectual del
teppan: un sapiente y misterioso maestro zen. Goro —todavía maltrecho después de la
trifulca— accede a ayudar. La tarea a la que se aventurará el extraño dúo será tan
deliciosa como difícil: cocinar el ramen perfecto.
El régimen de adiestramiento al que Tampopo se somete es similar al de Rocky (John
G. Avildsen, 1976) o al de alguna película Wuxia. Itami no le teme al pastiche ni al
delirio, al contrario, construye su película sobre él. En Tampopo el absurdo es rey: los
personajes principales —Goro y Tampopo— son abandonados arbitrariamente
cuando a Itami se le da la gana. Hay momentos, hacia la mitad de la narración, donde
parece que navegamos hacia la nada; el hilo conductor se desdibuja. Tampopo, sobra
decirlo, no es un película de personajes, sino de sensaciones: es un cine de ideas,
liberado de formulas. Muchas de estas ideas, sin embargo, parecen estar en bruto y
concebidas al azar. Tampopo, en sus peores momentos, parece un sketch fallido de los
primeros Monty Python y no una sátira filmada por Buñuel (hay quien la compara con
películas como El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad).
Esta heterogeneidad, por otro lado, hace que Itami pueda abordar el tema de la
comida desde todas sus acepciones: la comida como utensilio afectivo, como medio de
esparcimiento, y como trinchera emocional. El sexo aquí juega un rol preponderante;
es alimento vital. Hay una historia paralela que involucra al gangster del inicio y a su
amante —en ella ambos utilizan la comida para potenciar el acto sexual—: se pasan
una yema de huevo de boca en boca; el gangster, ya encendido, reviste a su amante de
jugos, cremas, y hasta de langostinos. La escena es elegante, maravillosa, y
profundamente erótica. Está habitada por una pulsión de vida. Hacia la parte final de
la cinta veremos la contraparte: una poderosa secuencia donde una moribunda madre
cocina la última cena para su familia.
Tampopo —que podría parecer una película somera en papel— es en realidad un
intricado estudio de cómo los japoneses se relacionan con su comida. Itami, además,
aprovecha el asunto para destapar algunos vicios arraigados en su cultura como el
hermetismo y las pretensiones occidentales de las clases privilegiadas. En la cinta
existe una escena genial donde asistimos a un ridículo curso de cómo devorar pasta
italiana de manera apropiada. Otro de los puntos más altos y extravagantes del filme
—una escena sencillísima, estúpida y aparentemente irracional— involucra a una
viejecilla pícara y sus intentos por manosear cuanto producto sea posible en un
supermercado. Este humor descabellado está inscrito a una tradición familiar:
Mansaku Itami, padre de Juzo, fue un importante satirista durante la década de los
treintas. Las ideas de Juzo, sin embargo, probaron ser más corrosivas que las de su
padre: se cree que los Yakuza lo mataron despues de ridiculizarlos en una de sus
últimas películas (Minbo, 1992).
Si bien la cinta aparenta ser a ratos una encantadora ensaladilla de ideas sin pies ni
cabeza, es mucho más consistente y reflexiva de lo que parece: es oda sobre la vida y
la muerte en clave culinaria (los créditos finales corren sobre una madre
amamantando a su hijo), farsa sobre los usos y costumbres japoneses, trasnochado
homenaje a Leone, y valiente defensa de los pequeños placeres. Este último tema no es
novedoso y ha sido trato con anterioridad, pero rara vez con tanto desparpajo (no es
casualidad que la cinta haya influenicado a cineastas y cocineros por igual). Tampopo
—sobra decirlo— es una película japonesa en el más amplio sentido de la palabra.
Dicho de otra manera más transparente: es una cinta extraña y fascinante.
Ariel Gutiérrez Flores
@arielgtz
PUBLICADO EN BUTACA ANCHA 03/07/2017
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