martes, 7 de febrero de 2023

 

Sentir el cine: un listado honesto.


No son pocos quienes desdeñan los listados de fin de año. Muchos críticos suelen

descalificar estos ejercicios acusándolos de ser estériles y narcisistas; los más

cínicos vociferan argumentando que es imposible abarcarlo todo en tan solo unas

líneas. El objetivo de estas listas, aparentemente sencillo, siempre suele guardar

un dejo de grandilocuencia: la instauración de un nuevo canon. Los listados, como

la crítica, son un intento de definir lo clásico: elegir las obras que serán

salvaguardadas contra la brutalidad del olvido. Esta misión presuntuosa más que

ser una simplificación del año fílmico, es una consagración. El cónclave se celebra

religiosamente cada diciembre; los clérigos llaman a sus devotos y dictan la

eucaristía.

Los resultados a veces son insólitos: películas fantásticas son ignoradas y filmes

insignificantes son encumbrados en lo más alto. El capricho es convocado y

celebrado. ¿Cómo, entonces, abordar una lista sin tropezarse con la parcialidad?

Esta empresa parece ser un despropósito; la crítica rara vez es desinteresada:

siempre explora las curiosidades del escritor, autodefiniéndolo en el proceso.

Tiende puentes, pero también los dinamita. Los críticos, muchos lo olvidan, son

mucho más que masa encefálica y tejido neuronal tratando de articular una idea.

Si la subjetividad es indisociable de la crítica, mucho menos un listado de fin de

año, que parece encerrar en su génesis todos los vicios del mundo. Escribir un top

10, un listado numérico, es desechar, ignorar y en muchas ocasiones ser

partidario de la lisonjería. Es una misión tramposa y que en ocasiones reduce el

fenómeno cinematográfico a una competición olímpica o que tiene más en común

con un espectáculo mercantil.

Hay listados, más honestos, que hablan desde el corazón. Imposible no hacerlo:

ciertas películas, como los enamoramientos, se meten de golpe. A veces es difícil

entender que es lo que nos embruja de ellas; son tormentas incontrolables que

nos dejan pasmados. La labor del crítico es precisar estas sensaciones y

transcribirlas en pensamientos racionales, aunque esto muchas veces sea

imposible; el enamoramiento siempre es irracional y solamente fiel a su propia


lógica. Los listados, por esto, siempre serán arbitrarios y absurdos. Esta es la

única manera de leerlos.

En el listado que me ha sido encomendado, propongo suprimir los números, pero

también el pudor. Nombraré los sitios en que vi las películas, algo sobre mi estado

emocional al momento de verlas y otros detalles que pudieran ayudar a entender

al lector el porqué de mi elección. Es un listado diferente: confesional, libre y

honesto; si algo es desconcertante en algunas listas es su falta de transparencia:

la incapacidad del critico para justificar su elección. Esto, se debe, a que el gusto

muchas veces es indescifrable. ¿Cómo explicar que a muchos el hígado vacuno

les parece una exquisitez, mientras a otros les parece algo execrable? El

psicoanálisis podrá intentar comprender esto, pero eso, ya se sabe, corresponde a

un asunto de fe.

Esta, pues, es mi lista de las películas más importantes del año. Las cintas que

nombraré a continuación me estimularon intelectual y emocionalmente. Son,

algunas de ellas, películas que me acompañarán en los años venideros, aunque

eso, todavía me es imposible saberlo del todo. El tiempo, decía Borges, es el

único antologista, o el único, tal vez.


El peral silvestre (Nuri Bilge Ceylan, Turquía)


Había leído comentarios variados de la cinta antes de decidirme a verla. A pesar

del entusiasmo que tengo por el cineasta turco, la larga duración me desalentaba

(188 min). Pensé, debo confesar, que era una mejor idea ver la película por

televisión. Fue un amigo el que me animó. Acudí por la tarde al Cinépolis Diana -

un cine céntrico de la ciudad de México- algo ansioso por querer ir a beber y más

expectante por el partido de futbol que se celebraría esa noche. Cuando salgo de

la sala, todo me parece distinto, como pasado por un filtro extraño. Ceylan, deudor

del cine de Tarkovsky, igual que en Sueño de invierno (2014), opta por hacer un

filme hiper dialogado y repleto de conversaciones filosóficas. Mi sensación al dejar

la sala es la de haber tenido un “momento”, como si se abandonase un recinto

sagrado. El mundo se ha transformado. Pienso en mi padre, con quien no siempre


he tenido la mejor de las relaciones. Pienso en el durante el trayecto de regreso.

Pienso. Pienso. Pienso. Le marco por teléfono.


Cold war (Pawel Pawlikowski, Polonia)


Espero en una larguísima fila a las afueras del palais des festivals en Cannes. El

calor no amaina y comienza a volverse insoportable. Hay una gran expectativa. El

primer pase de prensa arroja comentarios extremadamente positivos: “es una

joya”, le escucho decir a una reportera inglesa. Entro al teatro lumiére y quedo

deslumbrado con la fotografía y con un par de secuencias que me parecen

monumentales. La película, sin embargo, no me atrapa y decido dedicarme a

pensar en otras cosas: revisar mi presupuesto del viaje, pensar en una visita

próxima que haré a Barcelona y, sobre todo, planear la proyección que estoy

próximo a dar. Es hasta que mis colegas se desviven en elogios hacia la cinta que

comienzo a repensarla y a prestarle algo de atención. Me gusta. Pasan los días.

Me gusta un poco más. Comienzan a hechizarme por las noches Tomasz Kot y

Joanna Kulig, que no dejan de recordarme a Mastroiani y a Jeanne Moreau en La

Notte (Antonioni, 1961). Pasan meses. La cinta va creciendo dentro de mí. Vuelvo

a ver la película durante el festival de Morelia, esta vez entusiasmado y algo

emocionado por ver la respuesta mi novia y J, un querido amigo colombiano. A los

dos les encanta: la discutimos apasionados en un puesto de tacos. Pawlikowski,

cineasta elegantísimo, ha filmado la mejor de sus películas, un amargo relato

sobre los vaivenes de la historia; un filme encantador y entrañable. Le digo a mi

novia terminando la función, todavía afectado por el final: “no nos separemos

nunca, ¿no?”. Me sonríe.


Las Herederas (Marcelo Martinesi, Paraguay)


Son las doce del día. Tomo un taxi rumbo a la cineteca nacional. Estoy contento

porque desde hace unas semanas espero ver Las Herederas con impaciencia.

Tengo el extraño presentimiento que será genial. Vi un tráiler lacónico en internet,

pero que parece estar en consonancia con mi estado emocional y mis intereses

del momento. Entro al cine expectante, como hace mucho tiempo no hacía. Apago

mi celular y me sumerjo en la oscuridad de la sala. La cinta no decepciona: me


encanta. Me da algo de envidia ¡qué manera de debutar! Regreso en metro a mi

casa feliz y pensativo. Las herederas me parece maravillosa, acaso la mejor

película latinoamericana del año. La ópera prima de Martinesi es un relato sencillo,

casi anecdótico, sobre la decadencia de la aristocracia paraguaya, pero también

una cinta sobre la emancipación y la fragilidad de la vida. Todo es narrado con un

pulso firme y con una sutileza atípica en un director debutante. La actriz principal,

Ana Brun, da una actuación extraordinaria. Tiene un aire que me recuerda a mi

difunta abuela. La siento cercana, pienso, mientras llego al metro Copilco.


Nuestro Tiempo (Carlos Reygadas, México)


Me reúno con un amigo al que he dejado de frecuentar -llamémosle P.G.-, pero al

que quiero mucho. Nuestra visión de lo que es el cine -o debe serlo- es bastante

afín, y eso, no es poca cosa para dos jóvenes cineastas. Nos vemos a las diez de

la mañana: ambos lucimos cansados, pero entusiasmados. Hemos idolatrado y

seguido a Reygadas desde que nos conocemos. No volteo a ver a P.G. durante la

proyección: siempre he detestado saber que es lo que piensan mis acompañantes

antes de que las cintas terminen. Sin embargo, en una de las secuencias más

hermosas -una epístola que viaja sobre la Ciudad de México-, P.G me toma la

pierna y aprieta con todas sus fuerzas emocionado, como si estuviera a punto de

entrar en una crisis. La cinta nos deja a ambos impactados. Nuestro Tiempo es

genial y caótica, llena de momentos luminosos. Reygadas filma con precisión la

naturaleza: el desmembramiento de un burro, el pasar del viento, la apacible vida

de los toros y el devenir de una familia. Hay momentos de genuina poesía. Es en

el hogar donde la cosa se torna más truculenta: hay diálogos chocantes,

situaciones incómodas -la pareja de la película es interpretada por Reygadas y su

esposa- y también, hay que decirlo, ciertos desatinos. La sensación cuando ha

terminado la película es que se ha visto algo prohibido, endosado solamente a los

más voyeristas. Cine provocativo, sin gratuidades, ni concesiones. P.G y yo

abandonamos la sala, devastados. Primero no decimos nada, después, nos

sumimos en una platica que durará horas y donde emergerán varios momentos

catárticos. Dato curioso: desde que vimos la cinta, P.G. y yo hablamos casi todas

las semanas.


Rostros y lugares (Agnés Vardá, Francia)


Oda a la vida bucólica francesa hecha con humor, simplicidad e ingenio. Vardá

escucha a los campesinos, los observa, juega y siente con ellos, de paso,

elevándolos a figuras mitológicas. La mirada es empática y humana: difícil no

contagiarse. Veo la película en casa de mi novia por un sitio ilegal de películas en

internet. Cuando termina la cinta -hay un final descorazonador que involucra a

Godard- los dos tenemos los ojos llorosos; vamos a la sala y cada uno abre una

cerveza. Lo que sigue después es una de las tardes más entrañables del año:

platicamos sin tapujos y nos emborrachamos, en medio de ginebra, nostalgia y

cigarros.


Hasta los dientes (Alberto Arnaut, México)


En mi natal Saltillo, se exhibe esta película sobre dos estudiantes asesinados en

Monterrey, la ciudad colindante. Uno de ellos es mi paisano. Rara vez voy al cine

en mi ciudad y siento que tengo un deber moral en asistir. Me imagino a la sala

abandonada y se me rompe el corazón. Llego puntual y me llevo una grata

sorpresa al ver que bastante gente acude a la función. El documental, una de las

cintas de denuncia mejor narradas de los últimos años, me destroza el alma. No

es impotencia, sino rabia: el papel indolente de las autoridades escolares, la

mezquindad del ejército mexicano, la descomposición del tejido social en el norte

del país. La película es como un batazo en la cabeza; conozco a varias personas

imputadas de encubrir el crimen que aparecen en la película, reconozco las calles

donde viví y, lo peor: la frustración de los familiares de las víctimas me recuerda a

los míos el día que descubrimos que mi prima había sido asesinada. Lloro

saliendo de la sala. Por la noche, me emborracho salvajemente con ron: voy a la

cama intranquilo y devastado. Me pregunto: ¿cuántos casos más así existirán en

México?


Ana, mi amor (Călin Peter Netzer, Rumania)


Filme juguetón y laberintico, reminiscente a Blue Valentine (Derek Cianfrance,

2010), ese desmoralizador filme que a muchos nos rompió el corazón. Esta cinta

rumana, sin embargo, es mucho más intrincada: todo sucede durante una sesión

de psicoanálisis, lo que vuelve a los recuerdos del personaje inciertos. Todo

parece enquistado de neurosis o adulterado. Las posibilidades interpretativas son

infinitas. Obra que explora las relaciones de pareja, las trampas de la memoria y el

poder de la psique; filme rumano extrañamente apolítico, doloroso, emotivo.

Después de verlo en la cineteca un domingo por la noche, recuerdo no parar de

hablar por más de dos horas seguidas, como imitando al personaje principal. Mi

novia me escucha. Le hablo de la posibilidad de retomar las sesiones con mi

exanalista. Al terminar de parlotear, me siento aliviado. No siempre se puede ver

una buena película. No siempre te pueden escuchar.


Aniquilación (Alex Garland, EUA)


Obra de ciencia ficción metafísica que es también una película pirotécnica y un

filme de aventuras; cinta compleja y profunda, pero de fachada liviana. Mi sorpresa

es mayúscula al verla. Hay una secuencia en particular que me obsesiona: una

mujer se desvanece y se fusiona con la criatura que le mató. De la criatura -una

suerte de oso mutante- emana la voz suplicante de la mujer. La escena me

provoca escalofríos y me impide dormir. Trato, pero no lo consigo. Veo un filme

húngaro para adormilarme, pero sucede lo contrario: el filme me gusta (En cuerpo

y alma, Ildiko Enyedi) y termino durmiéndome a las seis de la mañana. Meses

después de la primera vista convenzo a mi hermana y a su marido de verla. La

discutimos en la terraza de la casa entusiasmados y descubro que la cinta es

mucho más rica de lo que creía. Tiene una dimensión religiosa, dice mi cuñado

con seguridad. Yo escucho, fascinado y agradecido, primero de una linda familia,

segundo, de que exista el buen cine.


Ariel Gutiérrez Flores

DICIEMBRE, 2018

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